+11 Poemas de Lord Byron (Largos y cortos)

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George Gordon Byron, 6.º barón de Byron (1788 – 1824), mejor conocido como lord Byron, fue un poeta del movimiento del romanticismo británico (principios del siglo XIX).

Considerado por algunos como uno de los mayores poetas de la lengua inglesa y antecedente de la figura del poeta maldito.

De acuerdo con diferentes autores, la vida de lord Byron “fue una novela”; mientras otros, señalan que su vida es “un poema épico”.

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Podemos destacar que nació con una deformidad en su cuerpo, que lo indujo a superar su problema, que lo lleva a desarrollar una personalidad fresca.

Por otra parte, tuvo una vida amorosa agitada desde muy temprana edad; así como también tuvo contacto con la vida del clérigo.


Los poemas de lord Byron están cargados de sus experiencias personales y amorosas

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Lord Byron desafió a su tiempo con su existencia, su forma de ser,  y a sus contemporáneos, con su obra. Brillante desde la niñez, su exquisito lirismo lo convirtió en inmortal.

Lamentablemente, muere a la edad de 36 años, de fiebre tifoidea, luego de que fuera  miembro del Comité de Londres para la independencia de Grecia.

Trascendentales poemas de Lord Byron

En el auge de la literatura universal, en el siglo XIX, pertenecer al movimiento de los “románticos” promovía un mayor entendimiento sobre el término del amor.

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Que va más allá de una relación de pareja, sino que más bien tiene que ver con la interacción que puede tener el hombre como ser humano con el entorno.


Todo lo que puede derrumbarse en el mundo mientras lo contemplas con una profunda melancolía es, sin lugar a dudas, romanticismo.

Según autores especializados en el romanticismo, la interacción y la relación donde lo ambivalente se fusiona con lo real, mezclas el amor con el humos.

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Así como del pensamiento sombrío a momentos inspiradores; son las vertientes presentes en los textos románticos, y son esas pasiones y atmósferas la que promueven el romanticismo.

1. No volveremos a vagar

Más como una reflexión, el poema de Lord Byron, No volveremos a vagar, nos invita a tomar conciencia del tiempo, y cómo el corazón sucumbe.

Así es, no volveremos a vagar
Tan tarde en la noche,
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.

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Pues la espada gasta su vaina,
Y el alma desgasta el pecho,
Y el corazón debe detenerse a respirar,
Y aún el amor debe descansar.

Aunque la noche fue hecha para amar,
Y demasiado pronto vuelven los días,
Aún así no volveremos a vagar
A la luz de la luna.

2. Camina bella, como la noche…

En este poema de Lord Byron, nos describe la belleza. El romanticismo presente nos deja ver los adjetivos calificativos para que cambiemos nuestra percepción sobre la belleza.

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Camina bella, como la noche
De climas despejados y de cielos estrellados,
Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz

Resplandece en su aspecto y en sus ojos,
Enriquecida así por esa tierna luz
Que el cielo niega al vulgar día.

Una sombra de más, un rayo de menos,
Hubieran mermado la gracia inefable
Que se agita en cada trenza suya de negro brillo,

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O ilumina suavemente su rostro,
Donde dulces pensamientos expresan
Cuán pura, cuán adorable es su morada.

Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
Las sonrisas que vencen, los matices que iluminan

Y hablan de días vividos con felicidad.
Una mente en paz con todo,
¡Un corazón con inocente amor!

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3. Acuérdate de mí

Un bello poema de amor que describe una despedida. De lo más romántico, Lord Byron nos plasma en el poema Acuérdate de mí, la ausencia, de la partida física, está más allá.

Es estar siempre presente, hasta después de la muerte.

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Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna…
ni la muerte la puede aniquilar.

¡Acuérdate de mí!… Cerca a mi tumba
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.

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Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.

4. Sol del que triste vela…

En el siguiente poema de Lord Byron, nos presente una metáfora en donde la estrella del sol, es el protagonista que envuelve al lector y muestra el dolor que ha vivido el poeta.

¡Sol del que triste vela,
astro de cumbre fría,
cuyos trémulos rayos de la noche
para mostrar las sombras sólo brillan.

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!Oh, cuánto te asemeja
de la pasada dicha
al pálido recuerdo, que del alma
sólo hace ver la soledad umbría!

Reflejo de una llama
oculta o extinguida,
llena la mente, pero no la enciende;
vive en el alma, pero no lo anima.

Descubre cual tú, sombras
que esmalta o acaricia,
y como a ti, tan sólo la contempla
el dolor mudo en férvida vigilia.

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5. Hubo un tiempo… ¿Recuerdas?

Con la pasión que caracteriza al poeta Lord Byron, quien nos describe la separación de una pareja, y cómo ésta deberá confrontar los siguientes días.

Hubo un tiempo… ¿recuerdas? su memoria
Vivirá en nuestro pecho eternamente…
Ambos sentimos un cariño ardiente;
El mismo, ¡oh virgen! que me arrastra a ti.

¡Ay! desde el día en que por vez primera
Eterno amor mi labio te ha jurado,
Y pesares mi vida han desgarrado,
Pesares que no puedes tú sufrir;

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Desde entonces el triste pensamiento
De tu olvido falaz en mi agonía:
Olvido de un amor todo armonía,
Fugitivo en su yerto corazón.

Y sin embargo, celestial consuelo
Llega a inundar mi espíritu agobiado,
Hoy que tu dulce voz ha despertado
Recuerdos, ¡ay! de un tiempo que pasó.

Aunque jamás tu corazón de hielo
Palpite en mi presencia estremecido,
Me es grato recordar que no has podido
Nunca olvidar nuestro primer amor.

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Y si pretendes con tenaz empeño
Seguir indiferente tu camino…
Obedece la voz de tu destino
Que odiarme puedes; olvidarme, no.

6. Al cumplir mis 36 años

Aunque un poco épico, la titulación de este poema, Lord Byron, nos describe sus sentimientos y capacidades al llegar a esta edad. Reflexiona sobre su vida y el pasar del tiempo. ¿Cuál es tú legado? -aporto.

¡Calma, corazón, ten calma!
¿A qué lates, si no abates
ya ni alegras a otra alma?
¿A qué lates?

Más contenido que te encantará
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Mi vida, verde parral,
dio ya su fruto y su flor,
amarillea, otoñal,
sin amor.

Más no pongamos mal ceño!
¡No pensemos, no pensemos!
Démonos al alto empeño
que tenemos.

Mira: Armas, banderas, campo
de batalla, y la victoria,
y Grecia. ¿No vale un lampo
de esta gloria?

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¡Despierta! A Hélade no toques,
Ya Hélade despierta está.
Invócate a ti. No invoques
más allá

Viejo volcán enfriado
es mi llama; al firmamento
alza su ardor apagado.
¡Ah momento!

Temor y esperanza mueren.
Dolor y placer huyeron.
Ni me curan ni me hieren.
No son. Fueron.

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¿A qué vivir, correr suerte,
si la juventud tu sien
ya no adorna? He aquí tu
muerte.

Y está bien.
Tras tanta palabra dicha,
el silencio. Es lo mejor.
En el silencio ¿no hay dicha?
y hay valor.

Lo que tantos han hallado
buscar ahora para ti:
una tumba de soldado.
Y hela aquí.

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Todo cansa todo pasa.
Una mirada hacia atrás,
y marchémonos a casa.
Allí hay paz.

7. La partida

Hermoso poema de Lord Byron dedicado a la partida de una misteriosa mujer. Su carácter expresivo ante la salida, describe el sentimiento, el vacío, al tiempo, que se resigna y deja caer sus lágrimas.

¡Todo acabó! La vela temblorosa
se despliega a la brisa del mar,
y yo dejo esta playa cariñosa
en donde queda la mujer hermosa,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

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Si pudiera ser hoy lo que antes era,
y mi frente abatida reclinar
en ese seno que por mí latiera,
quizá no abandonara esta ribera
y a la sola mujer que puedo amar.

Yo no he visto hace tiempo aquellos ojos
que fueron mi contento y mi pesar;
los amo, a pesar de sus enojos,
pero abandono Albión, tierra de abrojos,
y a la sola mujer que puedo amar.

Y rompiendo las olas de los mares,
a tierra extraña, patria iré a buscar;
mas no hallaré consuelo a mis pesares,
y pensaré desde extranjeros lares
en la sola mujer que puedo amar.

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Como una viuda tórtola doliente
mi corazón abandonado está,
porque en medio de la turba indiferente
jamás encuentro la mirada ardiente
de la sola mujer que puedo amar.

Jamás el infeliz halla consuelo
ausente del amor y la amistad,
y yo, proscrito en extranjero suelo,
remedio no hallaré para mi duelo
lejos de la mujer que puedo amar.

Mujeres más hermosas he encontrado,
mas no han hecho mi seno palpitar,
que el corazón ya estaba consagrado
a la fe de otro objeto idolatrado,
a la sola mujer que puedo amar.

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Adiós, en fin. Oculto en mi retiro,
en el ausente nadie ha de pensar;
ni un solo recuerdo, ni un suspiro
me dará la mujer por quien deliro,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

Comparando el pasado y el presente,
el corazón se rompe de pesar,
pero yo sufro con serena frente
y mi pecho palpita eternamente
por la sola mujer que puedo amar.

Su nombre es un secreto de mi vida
que el mundo para siempre ignorará,
y la causa fatal de mi partida
la sabrá sólo la mujer querida,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

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¡Adiós!..Quisiera verla… mas me acuerdo
que todo para siempre va a acabar;
la patria y el amor, todo lo pierdo…
pero llevo el dulcísimo recuerdo
de la sola mujer que puedo amar.

¡Todo acabó! La vela temblorosa
se despliega a la brisa del mar,
y yo dejo esta playa cariñosa
en donde queda la mujer hermosa,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

8. En un álbum

El siguiente poema de Lord Byron, nos plasma lo que significa la muerte, al tiempo, que fusiona ese sentimiento con el recuerdo, y titularlo En un álbum.

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Sobre la fría losa de una tumba
un nombre retiene la mirada de los que pasan,
de igual modo, cuando mires esta página,
pueda el mío atraer tus ojos y tu pensamiento.

Y cada vez cada vez que acudas a leer este nombre,
piensa en mí como se piensa en los muertos;
e imagina que mi corazón está aquí,
inhumado e intacto.

9. La Gacela Salvaje

Como parte de sus grandes capacidades literarias, el poeta Lord Byron, a través de éste poema nos realiza una semblanza, sobre el antílope y sus capacidades.

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La gacela salvaje en montes de Judea
Puede brincar aún, alborozada,
puede abrevarse en esas aguas vivas
que en la sagrada tierra brotan siempre;
puede alzar el pie leve y con ardientes ojos
mirar, en un transporte de indómita alegría.

Pies ágiles también y ojos más encendidos
aquí tuvo Judea en otros tiempos,
y en el lugar del ya perdido gozo,
más bellos habitantes hubo un día.

Ondulan en el Líbano los cedros, mas se fueron
las hijas de Judea, aun más majestuosas.

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Más bendita la palma de esos llanos
que de Israel la dispersada estirpe,
pues echa aquí raíces y se queda,
graciosa y solitaria:
ya su suelo natal no deja nunca
y no podrá vivir en otras tierras.

Mas nosotros vagamos, agostados,
para morir muy lejos:
donde están las cenizas de los padres
nunca descansarán nuestras cenizas;
ya ni un solo sillar le queda a nuestro templo
y en trono de Salem se ha sentado la Burla.

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10. Canción del Corsario

El poema de Lord Byron, nos lleva a los más extremo del romanticismo. Un poco del pedir, o “mendigar” para otros, es la puesta que nos trae el poema Canción del Corsario.

En su fondo mi alma lleva un tierno secreto
solitario y perdido, que yace reposado;
mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,
como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.

Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,
hay en su centro a modo de fúnebre velón,
pero su luz parece no haber brillado nunca:
ni alumbra ni combate mi negra situación.

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¡No me olvides!… Si un día pasaras por mi tumba,
tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido…
La pena que mi pecho no arrostrara, la única,
es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.

Escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras
-la virtud a los muertos no niega ese favor-;
dame… cuanto pedí. Dedícame una lágrima,
¡la sola recompensa en pago de tu amor!…

11. La destrucción de Senaquerib

Publicado en 1815, el poema describe un evento de la campaña asiria del rey Senaquerib a capturar Jerusalén , como se describe en la Biblia.

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Bajaron los asirios como al redil el lobo:
brillaban sus cohortes con el oro y la púrpura;
sus lanzas fulguraban como en el mar luceros,
como en tu onda azul, Galilea escondida.

Tal las ramas del bosque en el estío verde,
la hueste y sus banderas traspasó en el ocaso:
tal las ramas del bosque cuando sopla el otoño,
yacía marchitada la hueste, al otro día.

Pues voló entre las ráfagas el Ángel de la Muerte
y tocó con su aliento, pasando, al enemigo:
los ojos del durmiente fríos, yertos, quedaron,
palpitó el corazón, quedó inmóvil ya siempre.

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Y allí estaba el corcel, la nariz muy abierta,
mas ya no respiraba con su aliento de orgullo:
al jadear, su espuma quedó en el césped, blanca,
fría como las gotas de las olas bravías.

Y allí estaba el jinete, contorsionado y pálido,
con rocío en la frente y herrumbre en la armadura,
y las tiendas calladas y solas las banderas,
levantadas las lanzas y el clarín silencioso.

Y las viudas de Asur con gran voz se lamentan
y el templo de Baal ve quebrarse sus ídolos,
y el poder del Gentil, que no abatió la espada,
al mirarle el Señor se fundió como nieve.

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