+11 Poemas de Gaspar Núñez de Arce ¡Fantasía y rebeldía!

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¿Qué inspiro a Gaspar Núñez de Arce? ¿Quién es? Gaspar Núñez de Arce fue un poeta y político español que evolucionó del Romanticismo hacia el realismo literario.

Éste al igual que muchos escritores de poesías, utilizó el seudónimo de El Bachiller de Honduras para firmar gran parte de sus composiciones.

Pero no sólo se destacó en como poeta lírico y autor dramático, también se desempeñó en diferentes actividades política de gran significación en el partido de Sagasta.

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Además ejerció cargos gubernamentales como, gobernador de Barcelona y ministro de Ultramar.

En 1849 entró en el mundo de las letras con el estreno de uno de sus mayores éxito, Toledo la pieza una obra teatral la cual compuso con tan solo diecisiete años.

A pesar de que muchos aseguran de fue dos años antes cuando tenía quince años creando confusión con la edad del poeta.

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El estilo que Gaspar Núñez de Arce marcó en sus obras esta cargado de sencillez expresiva y rehúye la retórica razón por la cual no es frecuente encontrar una composición del escritor que no incurra el prosaísmo.

Los mejores poemas de Gaspar Núñez de Arce

Desde muy joven Gaspar Núñez de Arce escribió cuentos fantásticos pero ya más adulto la poesía lírica fue la que reino dentro de las corrientes abordadas por el escritor, sin dejar de ofrecer producciones notables.

Otra de las características de su poesía resulta ser el predominio de lo sentimental sobre lo racional, de las sensaciones sobre los conceptos, algo que es frecuente encontrar en muchos de los escritores de la época, pero que sin duda, fue abordado de forma única.

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Los aportes de este escritor a la literatura son maravillosos y merecen ser recordados, así que hoy en Escribirte hemos destinado un espacio para recopilar algunos de los trabajos más destacados del escritor.

A España

Asignemos el primer puesto en la lista de los trabajos breves del escritor español con este poema de Núñez de Arce con uno totalmente nacionalista, una bella composición dedicada a sus nación, la bellas España.

Roto el respeto, la obediencia rota,
de Dios y de la ley perdido el freno,
vas marchando entre lágrimas y cieno,
y aire de tempestad tu rostro azota.

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Ni causa oculta, ni razón ignota
busques al mal que te devora el seno;
tu iniquidad, como sutil veneno,
las fuerzas de tus músculos agota.

No esperes en revuelta sacudida
alcanzar el remedio por tu mano
¡oh sociedad rebelde y corrompida!

Perseguirás la libertad en vano,
que cuando un pueblo la virtud olvida,
lleva en sus propios vicios su tirano.

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6 de enero de 1866

A Voltaire

Continuamos este recorrido con un segundo poema Núñez de Arce que utiliza palabras fuertes y rebeldes para enfocar el mensaje.

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En este verso el escritor hace una crítica a la religión describiendo a esta como una acción libre del ser humano.

Eres ariete formidable: nada
Resiste a tu satánica ironía.
Al través del sepulcro todavía
Resuena tu estridente carcajada.

Cayó bajo tu sátira acerada
Cuanto la humana estupidez creía,
Y hoy la razón no más sirve de guía
A la prole de Adán regenerada.

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Ya sólo influye en su inmortal destino
La libre religión de las ideas;
Ya la fe miserable a tierra vino;

Ya el Cristo se desploma; ya las teas
Alumbran los misterios del camino;
Ya venciste, Voltaire. ¡Maldito seas!

¡Excélsior!

Este poema de Núñez de Arce fue una composición rebelde centrada en la religión. El escritor desarrollo esta composición en marzo del 1872 y representa una de sus más representativas obras.

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Por qué los corazones miserables,
por qué las almas viles,
en los fieros combates de la vida
ni luchan ni resisten?

El espíritu humano es más constante
cuanto más se levanta:
Dios puso el fango en la llanura, y puso
la roca en la montaña.

La blanca nieve que en los hondos valles
derrítese ligera,
en las altivas cumbres permanece
inmutable y eterna.

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Marzo de 1872

¡Amor!

No es para nada atrevido decir que todos los poetas en algún momento se han sentido inspirados por el amor y han dedicado algunos versos.

Este es precisamente uno de esos caso, en los que el amor reina e invade la pluma del escritor para componer un hermosos texto romántico.

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Este poema de Núñez de Arce cuenta con la sencillez en sus líneas característica del autor pero envía un mensaje profundo centrado en el amor como motor del mundo.

¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera,
das a los seres vida y movimiento,
con qué entusiasta admiración te siento,
aunque invisible, palpitar doquiera!

Esclava tuya la creación entera,
se estremece y anima con tu aliento,
y es tu grandeza tal, que el pensamiento
te proclamara Dios, si Dios no hubiera.

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Los impalpables átomos combinas
con tu soplo magnético y fecundo:
tú creas, tú transformas, tú iluminas,
y en el cielo infinito, en el profundo
mar, en la tierra atónita dominas,

¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!

Septiembre de 1872

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Fotografías

El 30 de abril de 1862 la pluma de Núñez de Arce se cargó de inspiración y compuso este importante poema lleno de talento y perfección literaria.

¡Pantoja, ten valor! Rompe la valla:
luce, luce en tarjeta y en membrete
y cabe el toro que enganchó a Pepete
date a luz en las tiendas de quincalla.

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Eres un necio. -Cierto.- Pero acalla
tu pudor y la duda no te inquiete.
¿Qué importa un necio más donde se mete
con pueril presunción tanta morralla?

¡Valdrás una peseta, buen Pantoja!
No valen mucho más rostros y nombres
que la fotografía al mundo arroja.

Enséñanos tu cara y no te asombres:
deja a la edad futura que recoja,
tantos retratos y tan pocos hombres.

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30 de abril de 1862

La sombra

Un bello poema de Núñez de Arce lleno de romance y palabras delicadas que entre rimas y musicalidad dejan aflorar los más profundos sentimientos del escritor.

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Dulces y amorosos sueños
de la virgen candorosa,
que tomáis en el espacio
blanca y delicada forma;

melancólicos suspiros
de la flor que se deshoja,
que os convertís en el cielo
en espíritus de aroma;

yo siento sobre mi frente
vuestras alas temblorosas,
y siento en los labios míos
el beso de vuestra boca.

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Lloráis para consolarme
de mis pasadas congojas,
y ese llanto es el rocío
que se columpia en las rosas.

Mas si queréis que no pene,
desde el cielo en donde mora,
si no al ángel que me inspira
bajadme al menos su sombra.

Crepúsculo

El amanecer, la noche y el crepúsculo son también elementos recurrentes en texto poéticos, los escritores suelen utilizarlos para ambientar escenas cargadas de sentimiento y emociones.

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Con ayuda de estas herramientas muchos poetas cautivan a generaciones de lectores con la belleza de sus composiciones.

Este es el caso de uno de los poemas más importantes de la carrera de Núñez de Arce.

El Sol tocaba en su ocaso,
y la luz tibia y dudosa
del crepúsculo envolvía
la naturaleza toda.

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Los dos estábamos solos,
mudos de amor y zozobra,
con las manos enlazadas,
trémulas y abrasadoras,

contemplando cómo el valle,
el mar y apacible costa,
lentamente iban perdiendo
color, transparencia y forma.

A medida que la noche
adelantaba medrosa,
nuestra tristeza se hacía
más invencible y más honda.

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Hasta que al fin, no sé cómo,
yo trastornado, tú loca,
estalló en ardiente beso
nuestra pasión silenciosa.

¡Ay! al volver suspirando
de aquel éxtasis de gloria,
¿qué vimos? sombra en el cielo
y en nuestra conciencia sombra.

Marzo de 1863

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Poemas de Gaspar Núñez de Arce para recordar

Como escritor Gaspar Núñez de Arce destacó principalmente en los géneros de dramaturgia y poesía lírica, con un estilo único que se poza en medio del Romanticismo y el realismo literario.

Destacó también en gran manera como un agudo cronista y periodista durante la década de 1860.

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Alcanzó un gran virtuosismo en cuanto a las formas de sus escritos. Los temas para sus obras de teatro fueron predilectos de carácter moral, y los drama políticos e históricos.

Los poemas de su autoría se caracterizan por el cuidado formal, la abundancia de descripciones y el desarrollo de la voz interior.

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Escribió textos que tratan los conflictos políticos de la Revolución de septiembre y los sucesos posteriores, con sentimiento pesimistas y desencanto y con ansia de calma.

El vértigo

Sin duda, los trabajos de la autoría Núñez de Arce son expendidos, la forma con que el escritor aborda cada uno de los elementos y el enfoque rítmico que le agrega hace de ellos composiciones de calidad y dignas de recordatorio.

Guarneciendo de una ría
la entrada incierta y angosta,
sobre un peñón de la costa
que bate el mar noche y día,
se alza gigante y sombría

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ancha torre secular
que un rey mandó edificar
a manera de atalaya,
para defender la playa
contra los riesgos del mar.

Cuando viento borrascoso
sus almenas no conmueve,
no turba el rumor más leve
la majestad del coloso.

Queda en profundo reposo
largas horas sumergido,
y sólo se escucha el ruido
con que los aires azota
alguna blanca gaviota
que tiene en la peña el nido.

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Mas cuando en recia batalla
el mar rebramando choca
contra la empinada roca
que allí le sirve de valla;

Cuando en la enhiesta muralla
ruge el huracán violento,
entonces, firme en su asiento,
el castillo desafía
la salvaje sinfonía
de las olas y del viento.

Ció magnánimo el monarca
en feudo a Juan de Tabáres
las seis villas y lugares
de aquella agreste comarca.

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Cuanto con la vista abarca
desde el alto parapeto,
a su yugo está sujeto,
y en los reinos de Castilla
no hay señor de horca y cuchilla
que no le tenga respeto.

Para acrecentar sus bríos
contra los piratas moros,
colmóle el Rey de tesoros,
mercedes y señoríos.

Mas cediendo a sus impíos
pensamientos de Luzbel,
desordenado y cruel
roba, asuela, incendia y mata,
y es más bárbaro pirata
que los vencidos por él.

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Pasma el mirar su serena
faz y su blondo cabello,
que encubra rostro tan bello
los instintos de una hiena.

Cuando en el monte resuena
su bronca trompa de caza,
con mudo terror abraza
la madre al niño inocente,
y huye medrosa la gente
del turbión que la amenaza.

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Tristezas

La poesía siempre va cargada con un toque de emociones propias del escritor y este es el caso de este poema de Núñez de Arce que expone emociones fuerte pero siempre manteniendo vivo su estilo único y sencillo.

Cuando recuerdo la piedad sincera
con que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos
alzaba a Dios mi ojos
soñando en las venturas celestiales;

Hoy que mi frente atónito golpeo,
y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella
como en la edad aquélla,
¡desgraciado de mí! diera la vida.

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¡Con qué profundo amor, niño inocente,
prosternaba mis frente
en las losas del templo sacrosanto!
Llenábase mi joven fantasía
de luz, de poesía,
de mudo asombro, de terrible espanto.

Aquellas altas bóvedas que al cielo
levantaban mi anhelo;
aquella majestad solemne y grave;
aquel pausado canto, parecido
a un doliente gemido,
que retumbaba en la espaciosa nave:

Las marmóreas y austeras esculturas
de antiguas sepulturas,
aspiración del arte a lo infinito;
la luz que por los vidrios de colores
sus tibios resplandores
quebraba en los pilares de granito;

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Haces de donde en curva fugitiva,
para formar la ojiva,
cada ramal subiendo se separa,
cual el rumor de multitud que ruega,
cuando a los cielos llega,
surge cada oración distinta y clara;

En el gótico altar inmoble y fijo
el santo crucifijo,
que extiende sin vigor sus brazos yertos,
siempre en la sorda lucha de la vida,
tan áspera y reñida,
para el dolor y la humildad abiertos;

El místico clamor de la campana
que sobre el alma humana
de las caladas torres se despeña,
y anuncia y lleva en sus aladas notas
mil promesas ignotas
al triste corazón que sufre o sueña;

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Todo elevaba mi ánimo intranquilo
a más sereno asilo:
religión, arte, soledad, misterio.
todo en el templo secular hacía
vibrar el alma mía,
como vibran las cuerdas de un salterio.

Y a esta voz interior que sólo entiende
quien crédulo se enciende
en fervoroso y celestial cariño,
envuelta en sus flotantes vestiduras
volaba a las alturas,
virgen sin mancha, mi oración de niño.

Su rauda, viva y luminosa huella
como fugaz centella
traspasaba el espacio, y ante el puro
resplandor de sus alas de querube,
rasgábase la nube
que me ocultaba el inmortal seguro.

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¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
¡Oh perdurable gloria! .
¡Oh! Sed inextiguible del deseo!
¡Oh cielo, que antes para mí tenías
fulgores y armonías,
y hoy tan oscuro y desolado veo!

Ya no templas mis íntimos pesares,
ya al pie de tus altares
como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino,
y errante peregrino
entre tinieblas desespero y dudo.

Voy espantado sin saber por dónde;
grito, y nadie responde
a mi angustiada voz; alzo los ojos
y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
medrosamente avanzo,
y me hieren el alma los abrojos.

Más contenido que te encantará
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Hijo del siglo, en vano me resisto
a su impiedad, ¡oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombros,
levanta sobre escombros
un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
faz, de consuelos, llena,
alumbra y guía nuestro incierto paso.
Es otro Dios incógnito y sombrío:
su cielo es el vacío,
Sacerdote el error, ley el Acaso.

¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso
un siglo más inmenso,
más rebelde a tu voz, más atrevido;
entre nubes de fuego alza su frente,
como Luzbel, potente;
pero también, como Luzbel, caído.

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A medida que marcha y que investiga
es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más oscura,
y pasma, al ver lo que padece y sabe,
cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.

Como la nave sin timón y rota
que el ronco mar azota,
incendia el rayo y la borrasca mece
en piélago ignorado y proceloso,
nuestro siglo —coloso—
con la luz que le abrasa, resplandece.

¡Y está la playa mística tan lejos! . . .
a los tristes reflejos
del sol poniente se colora y brilla.
El huracán arrecia, el bajel arde,
y es tarde, es ¡ay! muy tarde
para alcanzar la sosegada orilla.

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¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
a todo yugo ajeno,
que al impulso del vértigo se entrega,
y a través de intrincadas espesuras,
desbocado y a oscuras
avanza sin cesar y nunca llega.

¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano
en vano lucha, en vano
su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
y no aclara el problema,
ni penetra el enigma de la Esfinge.

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
que bajo el peso de su orgullo mismo
rueda al profundo abismo
acaso más enferma que culpada.

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La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
en nuestras almas deja
el germen de recónditos dolores,
como al tender el vuelo hacia la altura,
deja su larva impura
el insecto en el cáliz de las flores.

Si en esta confusión honda y sombría
es, Señor, todavía
raudal de vida tu palabra santa,
di a nuestra fe desalentada y yerta:
—¡Anímate y despierta!
Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—

El reo de muerte

Un expendido poema de Núñez de Arce es el que encontramos a continuación, con rimas y el uso correcto de la palabra causa ese tomo de musicalidad que lo convierte en textos transcendentales.

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¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada,
en brazos de su culpa que le acrimina austera,
tan lejos y tan cerca de la insondable nada,
del mundo que le arroja, del polvo que le espera!…

¡Luchando con extrañas y horribles agonías
que traen ante sus ojos en rápida carrera
sus inocentes horas, sus conturbados días,
el cuadro pavoroso de su existencia entera!

Ayer, aunque entre sombras, lo porvenir incierto,
brindábale ilusiones de amor y de ventura,
y hoy, asomado al borde de su sepulcro abierto,
contempla horripilado la eternidad obscura.

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La muerte, que le acosa con misterioso grito,
despierta los terrores de su conciencia impura:
quiere llamar, y apaga sus voces el delito,
quiere huir, y le asalta la hambrienta sepultura.

¡Ay, si recuerda entonces el dulce hogar sereno
donde pasó ignorada su infancia soñadora,
la amante y pobre madre que le llevó en su seno,
único ser acaso que le disculpa y llora!

¡Ay triste de él si al lado del hondo precipicio
su amparo no le presta la fe consoladora;
la fe que se levanta potente en el suplicio
y da sus alas de ángel al alma pecadora!

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¡Miradle! Cada paso que hacia el cadalso avanza
de su agitada vida los horizontes cierra:
apágase en sus ojos la luz de la esperanza
y el peso de la muerte fatídico le aterra.

¡Ay, ten valor! Si un día de imprevisión y dolo
te puso con los hombres y con la ley en guerra,
mañana entre los muertos abandonado y solo
en su profundo olvido te envolverá la tierra.

Aparta tu mirada terrífica y sombría
de esa apiñada turba que bulle en el camino
para gozar del triste placer de tu agonía
y presenciar el término de tu fatal destino.

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¡Oh! no la empuja sólo su imbécil sentimiento
hacia el cadalso infame que espera al asesino.
¡Hasta la cumbre misma del Gólgota sangriento
siguió también los pasos del Redentor divino!

Julio de 1861

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La duda

Este poema de Núñez de Arce fue compuesto con la inspiración enfocada en un colega distinguido, se tarta nada más y nada menos que del dramaturgo y poeta español del siglo de oro, Antonio Hurtado.

Que si bien no vivió en la misma época del escritor influyo directamente en el y en sus obras.

A mi querido amigo el distinguido poeta
don Antonio Hurtado

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Desde esta soledad en donde vivo,
y en la cual de los hombres olvidado
ni cartas ni periódicos recibo;
donde reposo en apacible calma,
lejos, lejos del mundo que ha gastado
con la del cuerpo la salud del alma;

antes de que el torrente desbordado
de la ambición con ímpetu violento
me arrebate otra vez; desde la orilla
donde yace encallada mi barquilla,
libre ya de las ondas y del viento,
como recuerdo de amistad te escribo.

¡Ay! Aunque salvo del peligro, siento
la inquietud angustiosa del cautivo,
que rompiendo su férrea ligadura,
traspasa fatigado a la ventura
montes, llanos y selvas, fugitivo.

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El rumor apagado que levantan
las hojas secas que a su paso mueve,
las avecillas que en el árbol cantan,
el aire que en las ramas se cimbrea
con movimiento reposado y leve,

el río que entre guijas serpentea,
la luz del día, la callada sombra
de la serena noche, el eco, el ruido,
la misma soledad ¡todo le asombra!

Y cuando ya de caminar rendido,
sobre la yerta piedra se reclina
y le sorprende el sueño y le domina,
oye en torno de sí, medio dormido,
vago y siniestro son.

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Despierta, calla,
y fija su atención despavorido;
las tinieblas le ofuscan, se incorpora
y el rumor le persigue. «¡Es el latido
de su azorado corazón que estalla!»
Y entonces ¡ay! desesperado llora.

Porque es la libertad don tan querido.
que en el humano espíritu batalla,
más que el placer de conseguirla, el miedo
de volverla a perder.

Yo que no puedo recordar sin espanto la agonía,
la dura y azarosa incertidumbre
en que mi triste corazón gemía
sometido a penosa servidumbre,
cuando, arista a merced del torbellino,

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sin elección ni voluntad seguía
los secretos impulsos del destino,
y, en ese pavoroso desconcierto
de la social contienda, consumía
la paz del alma ¡la esperanza mía!

hoy que la tempestad arrojó al puerto
mi navecilla rota y quebrantada,
temo ¡infeliz de mí! que otra oleada
la vuelva al mar donde mi calma ha muerto.

Para vencer su furia desatada
¿qué soy yo? ¿qué es el hombre? Sombra leve,
partícula de polvo en el desierto.

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Cuando el simún de la pasión le mueve,
busca el átomo al átomo, y la arena
es nube, es huracán, es cataclismo.

Gigante mole los espacios llena,
bajo su peso el mundo se conmueve,
obscurece la luz, llega al abismo
y al sumo Dios que la formó se atreve.

Vértigo arrollador todo lo arrasa;
pero después que el torbellino pasa
y se apacigua y duerme la tormenta,
¿qué queda? Polvo mísero y liviano
que el ala frágil del insecto aventa,
que se pierde en la palma de la mano.

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¡Oh grata soledad, yo te bendigo,
tú que al náufrago, al triste, al pobre grano
de desligada arena das abrigo!

Muchas veces, Antonio, devorado
por ese afán oculto que no sabe
la mente descifrar, me he preguntado,
-cuestión a un tiempo inoportuna y grave

¿qué busco? ¿adónde voy? ¿por qué he nacido
en esta Edad sin fe? Yo soy un ave
que llegó sola y sin amor al nido.

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A este nido social en que vegeta,
mayor de edad, la ciega muchedumbre,
al infortunio y al error sujeta
entre miseria y sangre y podredumbre.

Contémplala, si puedes, tú que al cielo
con tus radiantes alas de poeta
tal vez quisiste remontar el vuelo,
y si éste el mundo que soñaste ha sido
nunca el encanto de tu dicha acabe…

¡Ay! pero tú también eres un ave
que llegó sola y sin amor al nido.

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Desde la altura de mi siglo, tiendo
alguna vez con ánimo atrevido,
mi vista a lo pasado, y removiendo
los deshechos escombros de la historia,

en el febril anhelo que me agita
sus ruinas vuelvo a alzar en mi memoria.
Y al través de las capas seculares
que el aluvión del tiempo deposita
sobre columnas, pórticos y altares;

del polvo inanimado con que cubre
la loca vanidad del polvo vivo,
que arrebata a su paso fugitivo,
como el viento las hojas en octubre;

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mudo de admiración y de respeto
busco la antigüedad -roto esqueleto
que entre la densa lobreguez asoma
y ofrecen a mi absorta fantasía
sus dioses Grecia, sus guerreros Roma,

sus mártires la fe cristiana y pía,
el patriotismo su grandeza austera,
sus monstruos la insaciable tiranía,
sus vengadores la virtud severa.

Y llevado en las alas del deseo
que anima mi ilusión, a veces creo
volver a aquella Edad: En la espesura
del bosque, en el murmullo de la fuente,
en el claro lucero que fulgura,
en el escollo de la mar rujiente,
en la espuma, en el átomo, en la nada,

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Apolo centellea, alza su frente
de luminoso lauro coronada.
Por él la luna que entre sombras gira,
la luz que en rayos de color se parte,
la ola que bulle, el viento que suspira,
todo es Dios, todo es himno, todo es arte.

¡Ay! ¿No es verdad que en tus eternas horas
de desaliento y decepción, recuerdas
esa dorada Edad, y que te inspira
el coro de sus musas voladoras,
que murmuran y gimen en las cuerdas
de la ya rota y olvidada lira?

Aunque las llames, no vendrán; ¡han muerto!
La voz del interés grosera y ruda
anuncia que el Parnaso está desierto
la naturaleza triste y muda.

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Que en este siglo de sarcasmo y duda
sólo una musa vive. Musa ciega,
implacable, brutal. ¡Demonio acaso
que con los hombres y los dioses juega!

La Musa del análisis, que armada
del árido escalpelo, a cada paso
nos precipita en el obscuro abismo
o nos asoma al borde de la nada.

¿No la ves? ¿No la sientes en ti mismo?
¿Quién no lleva esa víbora enroscada
dentro del corazón? ¡Ay! cuando llena
de noble ardor la juventud florida
quiere surcar la atmósfera serena,

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quiere aspirar las auras de la vida,
esa Musa fatal y tentadora
en el libro, en la cátedra, en la escena
se apodera del alma y la devora.

¡Si a veces imagino que envenena
la leche maternal! En nuestros lares,
en el retiro, en el regazo tierno
del amor, hasta al pie de los altares
nos persigue ese aborto del infierno.

¡Cuántas noches de horror, conmigo a solas,
ha sacudido con su soplo ardiente
los tristes pensamientos de mi mente
como sacude el huracán las olas!

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¡Cuántas, ay, revolcándome en el lecho
he golpeado con furor mi frente,
he desgarrado sin piedad mi pecho,
y entre visiones lúgubres y extrañas,
su diente de reptil, áspero y frío,
he sentido clavarse en mis entrañas!

¡Noches de soledad, noches de hastío
en que, lleno de angustia y sobresalto,
se agitaba mi ser en el vacío
de fe, de luz y de esperanza falto!

¿Y quién mantiene viva la esperanza
si donde quiera que la vista alcanza
ve escombros nada más?

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Por entre ruinas
la humanidad desorientada avanza;
hechos, leyes, costumbres y doctrinas
como edificio envejecido y roto
desplomándose van; sordo y profundo
no sé qué irresistible terremoto
moral, conmueve en su cimiento el mundo.

Ruedan los tronos, ruedan los altares:
reyes, naciones, genios y colosos
pasan como las ondas de los mares
empujadas por vientos borrascosos.

Todo tiembla en redor, todo vacila.
Hasta la misma religión sagrada
es moribunda lámpara que oscila
sobre el sepulcro de la edad pasada.

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Y cual turbia corriente alborotada,
libre del ancho cauce que la encierra,
la duda audaz, la asoladora duda
como una inundación cubre la tierra.

-¡Es que el manto de Dios ya no la escuda!
No la defiende el varonil denuedo
de la fe inexpugnable y de las leyes,
y el dios de los incrédulos, el miedo,
rige a su voluntad pueblos y reyes.

Él los rumores bélicos propala,
él organiza innúmeras legiones
que buscan la ocasión, no la justicia.
Mas ¿qué podrán hacer? No se apuntala
con lanzas, bayonetas ni cañones,
el templo secular que se desquicia.

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En medio de este caos, como un arcano
impenetrable, pavoroso, obscuro,
yérguese altivo el pensamiento humano
de su grandeza y majestad seguro.

Y semejante al árbol carcomido
por incansable y destructor gusano,
que cuando tiene el corazón roído,
desenvuelve su copa más lozano,
al través del social desasosiego
cruza la tierra en su corcel de fuego,

hasta los cielos atrevido sube,
pone en la luz su vencedora mano,
el rayo arranca a la irritada nube
y horada con su acento el Océano.

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¡Mas, ay, del árbol que frondoso crece
sostenido no más por su corteza!
Tal vez la brisa que las flores mece
derribará en el polvo su grandeza.

¡Tal vez! ¿Lo sabes tú? ¿Quién el misterio
logra profundizar? Esta sombría
turbación, esta lóbrega tristeza
que invade sin cesar nuestro hemisferio,
¿es acaso el crepúsculo del día
que se extingue, o la aurora del que empieza?

¿Es ¡ay! renacimiento o agonía?
Lo ignoras como yo. ¡Nadie lo sabe!
Sólo sé que la dulce poesía
va enmudeciendo, y cuando calla el ave
es que su obscuridad la noche envía.

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Oigo el desacordado clamoreo
que alza doquier la muchedumbre inquieta
sin freno, sin antorcha que la guíe;
ando entre ruinas, y espantado veo
cómo al sordo compás de la piqueta
la embrutecida indiferencia ríe.

-También en Roma, torpe y descreída,
la copa llena de espumoso y rico
licor, gozábase desprevenida,
hasta que de improviso por la herida
que abrió en su cuello el hacha de Alarico
escapósele el vino con la vida.

Todo el cercano cataclismo advierte;
pero en esta ansiedad que nos devora
ninguno habrá que a descifrar acierte
la gran transformación que se elabora.

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¿Y qué más da? Resurrección o muerte,
vespertino crepúsculo o aurora,
los que siguen llorando su camino
por medio de esta confusión horrenda,
con inseguro paso y rumbo incierto,

¿dónde levantarán su débil tienda
que no la arranque el raudo torbellino
ni la envuelva la arena del desierto?

En otro tiempo el ánimo doliente,
atormentado por la duda humana,
postrábase sumiso y penitente
en el regazo de la fe cristiana,
y allí bajo la bóveda sombría
del templo, el corazón desesperado
se humillaba en el polvo y renacía.

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Cristo en la cruz del Gólgota clavado
extendía sus brazos, compasivo,
al dolor sublimado en la plegaria,
y para el pobre y triste fugitivo
del mundo, era la celda solitaria
puerto de salvación, sepulcro vivo,
anulación del cuerpo voluntaria.

¡Ay! En aquella paz santa y profunda
todo era austero, reposado, grave.

La elevación de la gigante nave,
la luz entrecortada y moribunda,
la sencilla oración de un pueblo inmenso
uniéndose a los cánticos del coro,
la armonía del órgano sonoro,
las blancas nubes de quemado incienso,

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el frío y duro pavimento, fosa
común, perpetuamente renovada,
de la cual cada tumba, cada losa
es doble puerta que limita y cierra
por debajo el silencio de la nada,
por encima el tumulto de la tierra;

aquella majestad, aquel olvido
del siglo, aquel recuerdo de la muerte,
parecían decir con infinita
dulzura al corazón desfallecido,
al espíritu ciego, al alma inerte:

Ego sum via, et veritas et vita.
Aquí en su pequeñez el hombre es fuerte.
Mas ¿dónde iremos ya? Torpes y obscuros
planes hallaron en el claustro abrigo,
y Dios airado desató el castigo
y con el rayo derribó sus muros.

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¿Dónde posar la fatigada frente?
¿Dónde volver los afligidos ojos,
cuando ha dejado el corazón creyente
prendidos en los ásperos abrojos
su fe piadosa y su interés mundano?

¿Dónde?
¡En ti, soledad! Yo te bendigo,
porque al náufrago, al triste, al pobre grano
de desligada arena das abrigo.

San Gervasio de Cassolas, 20 de abril de 1868

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A partir de 1890 decidió oficializar su retiró de los cargos políticos por su delicada condición de salud.

Falleció en su residencia en Madrid el 9 de junio de 1903, a causa de un cáncer de estómago. Sus restos fueron trasladados al Panteón de hombres ilustres del siglo XIX.

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