+10 Poemas de la naturaleza ¡fáciles para niños!

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En esta ocasión traemos para ti los mejores poemas de la naturaleza, referentes a las bellezas del mundo y a la abundancia de paisajes, animales y flores que nos han sido regalados.

Numerosos poetas han escrito odas a lo hermoso de la naturaleza, resaltando que tanto selvas, como llanuras, desiertos y bosques exaltan la exuberancia de este mundo y nos recuerdan nuestra pequeñez ante lo que es natural.

Por ello esta selección de poemas acerca de la naturaleza, nos invitan a pensarnos de manera distinta aquello que nos rodea.

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+10 Hermosos poemas sobre la naturaleza

Nuestros ambientes y hábitats, los animales que nos acompañan y las formas de convivencia que hemos desarrollado, pueden captarse a través de las palabras, cuando las escribimos o cuando las leemos.

Lindos poemas acerca de la belleza de la naturaleza

Esperamos que disfrutes de los poemas que escogimos para ti, y que la reflexión se abra paso en tu mente el días de hoy.

La vida, esta vida… de César Vallejo

El poeta nos habla acerca de la naturaleza como sinónimo de vida, como instrumento de a belleza que a través de las hojas, las aves, la noche y el día conmueve nuestras almas más allá de la razón, casi como instinto animal.

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La vida, esta vida
me placía, su instrumento, esas palomas…

Me placía escucharlas gobernarse en lontananza,
advenir naturales, determinado el número,
y ejecutar, según sus aflicciones, sus dianas de animales.

Encogido,
oí desde mis hombros
su sosegada producción,
cave los albañales sesgar sus trece huesos,
dentro viejo tornillo lincharse el plomo.

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Sus paujiles picos,
pareadas palomitas,
las póbridas, hojeándose los hígados,
sobrinas de la nube… Vida! vida! esta es la vida!

zurear su tradición rojo les era,
rojo moral, palomas vigilantes,
talvez rojo de herrumbre,
si caían entonces azulmente.

Su elemental cadena,
sus viajes de individuales pájaros viajeros,
echaron humo denso,
pena física, pórtico influyente.

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Palomas saltando, indelebles
palomas olorosas,
manferidas venían, advenían
por azarosas vías digestivas,
a contarme sus cosas fosforosas,
pájaros de contar,
pájaros transitivos y orejones…

No escucharé ya más desde mis hombros
huesudo, enfermo, en cama,
ejecutar sus dianas de animales… Me doy cuenta.

Levantaréme de la seca tierra… de Lope de Vega

El siguiente poema nos habla de la naturaleza como paternidad, como metáfora de la perdida y la dureza con que nos golpean los sucesos, las perdidas y los giros trágicos de nuestra existencia universalmente aleatoria.

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Levantaréme de la seca tierra
que pacen estos rudos animales,
¡oh, Padre!, a tus entrañas paternales,
de donde mi locura me destierra.

Iré al palacio, dejaré la sierra,
donde estos rotos míseros sayales
me trocarán en púrpuras reales:
que a nadie que llamó las puertas cierra.

Confesaréle que perdido anduve,
y aun que temo el llegar, pues lo más verde
de mis pasados años me detuve
Para que llegue, basta que me acuerde;
que si perdí lo que de hijo tuve,
lo que tiene de padre no lo pierde.

En el trasmundo tiembla una bombilla… de Luis Cañizal de la Fuente

Acerca de la visión del mundo, que se desvirtúa por su propia naturaleza, víctima de la historia y la traslucida interpretación que hacemos de los hechos, casi como si la memoria fuere una bombilla tiembla en el trasmundo.

¡Valtellina aprendida de memoria
hace diez años, sobre los papeles,
en figura cambiante de lo que nunca fuiste!:
ni pergamino casi transparente,
ni ternilla de un blanco repulsivo
ni trémula cuajada para fauces.

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Valtellina bufanda sin sombrero,
malhumor ascendente desde el amanecer,
humor agrio de sol entre las barbas,
minuto centelleante carretera abajo.

Y cuando nada importas a tirios ni a troyanos,
y trescientos deshielos han comido
la melena de piedra del león de tu historia,
y cuando ya tus hombres
no queman, ya no bregan

ni obedecen a dios ni se sublevan
a lo sumo, sestean
ante un vaso de blanco
y dicen en dialecto que regalan un gato
al español que pasa y curiosea,
entonces encontrar el pecho de san pablo
en tu valle zurrado de peleas,
ya sólo cicatrices recubiertas de hierba.

Descubrirlo esta tarde, cuando nadie hace caso;
descubrirlo pulido
por la lluvia, entre el barro resbalado.
Y entonces abrazarse
contra el pecho de tabla de san pablo
en figura de pueblo y desconcierto de animales mojados
entre establos cerrados
y bombilla penosa y apenada.

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Agua nocturna… de Octavio Paz

Tributo a la noche y todo lo que oculta, cuando al mirar fuera, por na ventana la vemos arropar todo aquello que es incansable para nuestra humilde humanidad.

La noche de ojos de caballo que tiemblan en la noche,
la noche de ojos de agua en el campo dormido,
está en tus ojos de caballo que tiembla,
está en tus ojos de agua secreta.

Más contenido que te encantará

Ojos de agua de sombra,
ojos de agua de pozo,
ojos de agua de sueño.

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El silencio y la soledad,
como dos pequeños animales a quienes guía la luna,
beben en esos ojos,
beben en esas aguas.

Si abres los ojos,
se abre la noche de puertas de musgo,
se abre el reino secreto del agua
que mana del centro de la noche.

Y si los cierras,

un río, una corriente dulce y silenciosa,
te inunda por dentro, avanza, te hace oscura:
la noche moja riberas en tu alma.

Paleontología… de Miguel Unamun

En este poema de Miguel Unamuno se nos muestra la importancia de las rocas, olvidadas por la historia y la poesía, pero importantes testigos del paso del tiempo, y los cambios que se hacen imperceptibles para las sociedades generación tras generación de individuos.

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Hay rocas que conservan, alegatos
al diluvio anteriores, las señales
que dejaron rastreros animales
de su paso en la tierra.

Los estratos pedernosos en esos garabatos
como con grandes letras capitales
nos dicen las memorias ancestrales
de sus vidas. El sabio los hiatos

La tierra… de Gabriela Mistral

La naturaleza es madre milenaria de pueblos ejemplares, que han perecido y se han mantenido a través del tiempo y los avances, por ello Gabriela Mistral rinde honor a la tierra por medio de la palabra.

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Niño indio, si estás cansado,
tú te acuestas sobre la tierra,
y lo mismo si estás alegre,
hijo mío, juega con ella…

Se oyen cosas maravillosas
al tambor indio de la tierra:
se oye el fuego que sube y baja
buscando el cielo, y no sosiega.

Rueda y rueda, se oyen los ríos
en cascadas que no se cuentan.
Se oyen mugir los animales;
se oye el hacha comer la selva.
Se oyen sonar telares indios.
Se oyen trillas, se oyen fiestas.

Donde el indio lo está llamando,
el tambor indio le contesta,
y tañe cerca y tañe lejos,
como el que huye y que regresa…

Todo lo toma, todo lo carga
el lomo santo de la tierra:
lo que camina, lo que duerme,
lo que retoza y lo que pena;
y lleva vivos y lleva muertos
el tambor indio de la tierra.

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Cuando muera, no llores, hijo:
pecho a pecho ponte con ella,
y si sujetas los alientos
como que todo o nada fueras,
tú escucharás subir su brazo
que me tenía y que me entrega,
y la madre que estaba rota
tú la verás volver entera.

El sueño engañoso… de Abate Marchena

Esta poesía nos remontara a la contemplación de la naturaleza como fuente de poder universal, como templo que nos alberga a los hombres, animales y plantas, que en ocasiones nos engaña haciéndonos creer que no somos nosotros quienes estamos de paso, sino las demás criaturas.

Al tiempo que los hombres y animales
en hondo sueño yacen sepultados,
soñé ante mí los pueblos ver postrados
alzarme rey de todos los mortales.

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Rendí el cetro a las plantas celestiales
de Alcinda, y mis suspiros inflamados
benignamente fueron escuchados;
me envidiaron los dioses inmortales.

Huyó lejos el sueño, mas no huyeron
las memorias con él de mi ventura,
la triste imagen de mi bien fingido.

El mando y el poder desparecieron.
¡Oh de un desventurado suerte dura!
Amor quedó, más lo demás es ido.

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Nocturnamente único… de Roberto Juarroz

Los siguientes versos poetizan la esencia de la noche, y de manera sutil resaltan las cualidades reflexivas del poeta quien, se centra en visibilizar como los astros y la naturaleza nos determinan haciéndonos humanamente vunerables.

Nocturnamente único,
el corazón, sin cuello, en la cabeza,
caminas por el mundo con un traje sonoro,
sabor vestido de aguas vivas,
machacando la luna sepia de los muertos.

Andanza que es estar,
sin girasol ni tumbas por los astros,
un pie raíz y otro pie nube,
los ojos corazón palabra cosa,
las manos animales
en su selva de manos.

Y entre cuervos, lisiados e instrumentos,
tu puño en la montaña de ser uno,
despierto aunque te duermas,
aclaración de la palabra hombre
en el lugar humano de la duda de todo.

Al verte, sí, me acuerdo.
No importa de qué, de quién: me acuerdo.
La piel es un viento sólido
que comunica por adentro y afuera
con la piel.

Canto XIII… de Vicente Gerbasi

Se trata de lo natural, aquello que no podemos abarcar, y que es descrito de forma magistral en el poema que sigue, haciendo honor a las palabras como expresión de un belleza que no se puede aprehender únicamente describiéndola.

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¿Quién me llama, quién me enciende los ojos de leopardos
en la noche de los tamarindos?
callan las guitarras el soplo misterioso de la muerte,
y las voces callan, y sólo los niños aún no pueden descansar.

Ellos son los habitantes de la noche,
cuando el silencio se difunde en las estrellas,
y el animal doméstico se mueve por los corredores,
y los pájaros nocturnos visitan la iglesia de la aldea,
por donde pasan todos los muertos,
donde moran santos ensangrentados.

Por las sombras corren caballos sin cabeza,
y las arenas de la calle van hasta el confín,
donde el espanto reúne sus animales de fuego.

Y es la noche que ampara la existencia a solas,
en el niño insomne, en el buey cansado,
en el insecto que se defiende en la hojarasca,
en la curva de las colinas, en los resplandores

de las rocas y los helechos frente a los astros,
en el misterio en que te escucho
con una vasta soledad de mi corazón.
Padre mío, padre de mis sombras.
Y de mi poesía.

La más mujer del mundo… de Juan Gelman

Siempre se ha considerado a la naturaleza como expresión de la feminidad, como una mujer que puede ser cómplice de hermosos animales, pero también de catástrofes implacables.

Sonríe como un cómplice
bajo el calor suelta sus animales bellos desnudos
indolentes
y recorren la tierra llenándola de ansias de carne
en libertad
ella prepara sus abismos
ninguno la conoce
en la mitad de la noche me despierta la oigo
cómo enciende su furor
y las crepitaciones
de rostros que ella quema lentamente
contra su voluntad.

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La naturaleza es indomable y femenina, como lo expresan estos grandiosos poemas que esperamos hayas disfrutado y a través de los cuales puedes reflexionar acerca de condiciones actuales e históricos de la madre tierra.

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