+9 Poemas de Rafael de León ¡Alegres y hermosos!

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¿Cuáles son los mejores poemas de Rafael de León? La obra poética de Rafael de León marcó toda una generación de artistas literarios.

Esta se caracteriza, en general, por ser rimas de alta sonoridad y en muchos de sus versos románticos introduce la rima constante, a pesar de que varios de sus poemas juega con las rimas blanca.

Pero ¿quién fue realmente Rafael de León?, pues nada más y nada menos que un poeta español nacido el 6 de febrero de 1908, que se destacó principalmente por la composición de coplas.

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Su popularidad se debe a la magnifica habilidad del escritor para componer hermosos poemas y canciones fascinantes.

Es que no existe ningún poeta del siglo XX que goce de tanta fama y que sus composiciones hayan sido tan recitadas.

Por esto y mucho más hoy queremos recordar algunos de los poemas de Rafael de León más importantes y reconocido, disfruta del estilo cautivador marcado en sus obras y aumenta tu psiquis con sus versos más inspiradores.

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Poemas de Rafael de León románticos

Es frecuente encontrar en los versos de Rafael de León el estilo de estrofas poéticas del romance octosílabo.

Pero también se puede encontrar en algunas de sus composiciones estrofas de seguidillas, copla, romancillo, soleá, y de forma atípica el soneto y la lira.

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En términos generales su poesías es de lenguaje sencillo y preciso, y se caracteriza por mantener vigente las tradiciones y los aspectos de la cultura popular de su país y sobre todo de Andalucía.

Aunque el autor también empleo temáticas como la alegría, las fiestas, las tristezas y como ya lo habíamos mencionado, el amor.

Encuentro

No existe mejor manera de iniciar con la recopilación de los trabajos poéticos de Rafael de León que con este poema dedicado completamente al romance y la ternura.

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En el se exponen panoramas naturales que hacen referencia a una apasiona relación.

Me tropecé contigo en primavera,
una tarde de sol delgada y fina,
y fuiste en mi espalda enredadera
y en mi cintura, lazo y serpentina.

Me diste la blandura de tu cera
y yo te di las sal de mi salina.
Y navegamos juntos, sin bandera,
por el mar de la rosa y de la espina.

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Y después, a morir, a ser dos ríos
sin adelfas, oscuros y vacíos,
para la boca torpe de la gente…

Y por detrás, dos lunas, dos espadas,
dos cinturas, dos bocas enlazadas
y dos arcos de amor de un mismo puente.

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Necesito de ti

Cuando el amor se adueña de nuestro ser se vuelve completamente necesaria, la presencia de la persona amada en nuestras vida para poner llenar el vacío producido por su ausencia.

Esto es precisamente el enfoque que recorre este bello poema de Rafael de León.

Necesito de ti, de tu presencia,
de tu alegre locura enamorada.
No soporto que agobie mi morada
la penumbra sin labios de tu ausencia.

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Necesito de ti, de tu clemencia,
de la furia de luz de tu mirada;
esa roja y tremenda llamarada
que me impones, amor, de penitencia.

Necesito tus riendas de cordura
y aunque a veces tu orgullo me tortura
de mi puesto de amante no dimito.

Necesito la miel de tu ternura,
el metal de tu voz, tu calentura.
Necesito de ti, te necesito.

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Así te quiero

No todos reflejamos el amor por las personas de igual manera, y en este poema de Rafael de León es una dama la inspiración del artista que con sus típico estilo plasmo forma peculiar y cautivadora con que ama.

A Conchita Piquer

El día trece de julio
yo me tropecé contigo.

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Las campanas de mi frente,
amargas de bronce antiguo,
dieron al viento tu nombre
en repique de delirio.

Mi corazón de madera
muerto de flor y de nidos,
floreció en un verde nuevo
de naranjos y de gritos,
y por mi sangre corrió
un toro de escalofrío,
que me dejó traspasado
en la plaza del suspiro.

¡Ay trece, trece de julio,
cuando me encontré contigo!

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¡Ay, tus ojos de manzana
y tus labios de cuchillo
y las nueve, nueve letras
de tu nombre sobre el mío
que borraron diferencias
de linaje y apellido!

¡Bendita sea la madre,
la madre que te ha parido,
porque sólo te parió
para darme a mí un jacinto,
y se quedó sin jardines
porque yo tuviera el mío!

¿Quieres que me abra las venas
para ver si doy contigo?
¡Pídemelo y al momento
seré un clavel amarillo!
¿Quieres que vaya descalzo
llamando por los postigos?

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¡Dímelo y no habrá aldabón
que no responda a mi brío!
¿Quieres que cuente la arena
de los arroyos más finos?

Haré lo que se te antoje,
lo que mande tu capricho,
que es mi corazón cometa
y está en tu mano el ovillo;
que es mi sinrazón campana
y tu voluntad sonido.

Nunca quise a nadie así;
voy borracho de cariño,
desnudo de conveniencias
y abroquelado de ritmos
como un Quijote de luna
con armadura de lirios.

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Te quiero de madrugada,
cuando la noche y el trigo
hablan de amor a la sombra
morena de los olivos;
cuando se callan los niños
y las mocitas esperan
en los balcones dormidos;

te quiero siempre: mañana,
tarde, noche… ¡por los siglos,
de los siglos! ¡Amén! Te
querré constante y sumiso,
y cuando ya me haya muerto
antes que llegue tu olvido,

por la savia de un ciprés
subiré delgado y lírico,
hecho solamente voz
para decirte en un grito:
¡Te quiero! ¡Te quiero muerto
igual que te quise vivo!

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Duda

No es común encontrar una poesía que este compuesta de interrogantes, pero este poema de Rafael de León usa las incógnitas para demostrar a la critica literaria.

Que cuando se tiene creatividad y talento se puede hacer y obtener como resultado una hermosa producción de estilo único.

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¿Por qué tienes ojeras esta tarde?
¿Dónde estabas, amor, de madrugada,
cuando busqué tu palidez cobarde
en la nieve sin sol de la almohada?

Tienes la línea de los labios fría,
fría por algún beso mal pagado;
beso que yo no sé quién te daría,
pero que estoy seguro que te han dado.

¿Qué terciopelo negro te amorena
el perfil de tus ojos de buen trigo?
¿Qué azul de vena o mapa te condena

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al látigo de miel de mi castigo?
¿Y por qué me causaste este pena
si sabes, ¡ay, amor!, que soy tu amigo?

Muerto de amor

La frase popular llega para ser protagonista en este poema de Rafael de León que con sus románticas palabras trae a la vida una hermosa composición.

No lo sabe mi brazo, ni mi pierna,
ni el hilo de mi voz, ni mi cintura,
ni lo sabe la luna que está interna
en mi jardín de amor y calentura.

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Y yo estoy muerto, sí, como una tierna
rosa, o una gacela en la llanura,
como un agua redonda en la cisterna
o un perro de amarilla dentadura.

Y hoy que es corpus, señor, he paseado
mi cadáver de amor iluminado,
como un espantapájaros siniestro.

Más contenido que te encantará

La gente, sin asombro, me ha mirado
y ninguno el sombrero se ha quitado
para rezarme un triste padrenuestro.

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Poemas de Rafael de León alegres

Curiosamente la obra poética de Rafael de León se encuentra dividida en dos parte, una que corresponde a la poesía y otra a letras para canciones, además la mayoria de su composición esta centrada en los ambientes de Andalucía.

Disfruta de estos poemas en los que la inventiva y el talento del escritor se hace notar, y en los que destaca el romance y la ferviente pasión.

Mazazo

El amor y el interés siempre van por calles opuestas, y en este poema de Rafael de León se encuentra plasmada esta realidad.

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En el son descritos aspectos donde el dinero el el centro pero enfocado en forma negativa.

Sonó la palabra “dinero”
y todo lo echaste a rodar
y en vez de decirte: “Te quiero”,
te dije: -¿Qué quieres cobrar?-

Y me valoraste las rosas,
poniéndole precio al jardín
y fueron tomando las cosas
un tono metálico y ruin.

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Y aunque esta verdad me traspasa,
prefiero saber la verdad:
que al mes, pago luz, pago casa
y pago la felicidad.

Baladilla de los tres puñales

Este poema de Rafael de León, al igual que el anterior plasma una realidad latente dentro de las sociedades, en esta ocasión son tres elementos que si bien parecen inofensivo son armas mortales.

He comprado tres puñales
para que me des la muerte…

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El primero, indiferencia,
sonrisa que va y que viene
y que se adentra en la carne
como una rosa de nieve.

El segundo, de traición;
mi espalda ya lo presiente,
dejando sin primavera
un árbol de venas verdes.

Y el último acero frío,
por si valentía tienes
y me dejas, cara a cara,
amor, de cuerpo presente.

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He comprado tres puñales
para que me des la muerte…

Pulso de amor

El romance surge a través de palabras apasionadas inspiradas en el amor y la alegría, dos elementos característicos de la obra del escritor español.

Iba convaleciente
de una herida de amor en el costado;
iba casi inconsciente
cuando te vi a mi lado
y hasta el pulso por ti se me ha parado…

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Buscaba mi cintura
un brazo que de noche la ciñera,
ansiaba con locura,
un labio que se uniera
a mi boca cansada por la espera…

Buscaba un hombro amigo
en donde reposar la madrugada
y un tibio olor a trigo,
una mano apretada
y el divino calor de una mirada.

Estaba tan vacía,
tan harta de soñar y tan sin sueño,
tan lejana y tan fría,
tan libre y tan sin dueño,
que tan sólo morir era mi empeño…

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Por lo cual, asombrada,
me quedé contemplando al mediodía
tu figura delgada,
tu süave armonía
y tu casi perfecta geometría.

Alegres nos miramos
en la tarde morada de violetas
y después caminamos
por plazas recoletas
salpicadas de rejas y macetas.

Y de noche temblando,
perdida entre la niebla de tu viento,
me bebí suspirando
la menta de tu aliento,
en un beso apretado, dulce y lento…

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¡Qué espesa la saliva!…
¡Qué lejano el rüido de la calle!…
Y el labio como iba
-mariposa en el valle
de la espalda- … buscando el fino talle…

Se desbocó en mi frente
el pulso como un perro malherido
y paralelamente,
te sentí, en un gemido,
doblarte en mi garganta sin rüido.

Y después… la almohada,
pesarosa del rizo y la postura
y la sábana helada,
-mortaja de blancura-
plisándose sin voz a mi cintura.

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Pena u alegría del amor

Este poema de Rafael de León viene con dedicatoria incluida, un verso inspirado en el actor y rapsoda español José González Marín.

Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo.

Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.

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Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en mi sien una corona
hecha de alfileres negros.

Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo, te quiero.

Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.

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Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.

¡Ay, pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!

Cuando por la noche a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,

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rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.

Y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.

¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!

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Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.

Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.

Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.

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Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.

Ayer, en la Plaza Nueva,
vida, no vuelvas a hacerlo
te vi besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo lo besarías

¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.

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¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!

Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
y aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa el pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.

¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!

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Cumpliendo el dicho popular de que no se es nadie hasta que se esta muerto, Rafael de León nunca vio tanta fama de sus obras como la que ésta cobró después de su muerte.

El 9 de diciembre de 1982, en una fría mañana de Madrid, fallece ante el espejo de su baño, como si se tratase de una película dramática, tras sufrir un infarto.

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Sin haber disfrutado en vida de la dicha generada por recibir un premio a su obra.

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