+11 Poemas de Rosalía de Castro ¡Vida y obras!

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¿Cuál es la obra más importante de Rosalía de Castro? Seguramente en alguna clase de literatura escuchaste sobre Rosalía de Castro.

Una importante figura de la literatura española, que destacó principalmente por escribir textos en dos lenguas, la gallega y castellana.

Esta reconocida escritora perteneció por línea materna a una familia noble, su adolescencia estuvo dominada por una profunda crisis debida al descubrimiento de su condición de hija ilegítima de un sacerdote, y por una delicada salud, que jamás mejoró.

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Como innumerables mujeres de su época le tocó vivir entre constantes penurias económicas, sin embargo esta fue una mujer dedicada a su hogar y a sus hijos.

La muerte de su madre y la de uno de sus hijos fueron dos duros golpes para ella, y a raíz de ello su poesía obtuvo un rumbo diferente.

Algunos de los versos de Rosalía anticiparon algunos aspectos del modernismo de Rubén Darío, y su influencia se extendió, a través de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, a la generación del 27.

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Un conjunto de escritores y poetas españoles del siglo xx que se dio a conocer en el panorama cultural alrededor de 1927.

Poemas de Rosalía de Castro cortos

La obra de Rosalía, que se mueve entre una preocupación de tipo social por las duras condiciones que atravesaban los pescadores y los campesinos gallegos y otra de carácter metafísico que la sitúa dentro de la literatura existencial.

Esta última se puede comparar con la de Gustavo Adolfo Bécquer como representante tardía del Romanticismo español.

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Sin embargo, esta relación viene más por la comunidad de fuentes literarias y no por una real afinidad de actitud literaria y vital.

Los aportes de esta poeta y novelista española son, sin lugar a duda, grandiosos y hoy recordaremos algunos de sus poemas más importantes de la literatura española.

Poemas de Rosalía de Castro grandiosos

Un recuerdo

Este primer poema de Rosalía de Castro es uno cargado de muchos sentimientos.

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Se trata de un texto con el que se aviva la nostalgia, esa sensación de echar de menos a alguien, los buenos recuerdos del pasado aún siguen recorriendo la mente.

Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!

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Busca y anhela el sosiego

Este es un poema de Rosalía de Castro corto que enmarca el estilo de la escritora en simples palabras que revela los sentimientos de angustia característicos de la obra de ésta.

Busca y anhela el sosiego…
mas… ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar.

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Que hoy como ayer, y mañana
cual hoy, en su eterno afán,
de hallar el bien que ambiciona
-cuando sólo encuentra el mal-,
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.

Negra sombra

En esta oportunidad nos encontramos con un poema de Rosalía de Castros en el que se hace referencia a las sombras negras, como su título lo describe.

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Un elemento que se puede entender como algo que que no tiene forma determinada pero que nunca nos abandona.

Al rededor de este poema de la escritora española rondan varias especulaciones acerca de la temática, pero la que más se repite y mencionado por la critica literaria es que las mencionadas sombras negras puede ser quizás nuestra conciencia.

Cuando pienso que te huyes,
negra sombra que me asombras,
al pie de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.

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Si imagino que te has ido,
en el mismo sol te asomas,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que sopla.

Si cantan, tú eres quien cantas,
si lloran, tú eres quien llora,
y eres murmullo del río
y eres la noche y la aurora.

En todo estás y eres todo,
para mí en mí misma moras,
nunca me abandonarás,
sombra que siempre me asombras.

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Hojas marchitas

El dolor y el sentimiento de tristeza vuelve a ser el protagonista de un poema de Rosalía de Castros.

Pero en este caso también aparecen otras temáticas igual de nostálgicas como las ganas de dejar de luchar, sus lágrimas y el paso del tiempo quedan plasmados en estas duras líneas.

Las rosas en sus troncos se secaron,
los lirios blancos en su tallo erguidos
secáronse también,
y airado el viento arrebató sus hojas,
arrebató sus hojas perfumadas
que nunca más veré.

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Otras rosas después y otros jardines
con lirios blancos en su tallo erguidos
he visto florecer;
más ya cansados de llorar mis ojos,
en vez de llanto en ellos, derramaron
gotas de amarga hiel.

Soledad

Las temáticas que abordaba Resalía de Castro en sus obras son bastante repetitivas, quizás por la vida dura que le tocó vivir, quizas por las limitaciones que representaba ser mujer en su época o por las penumbras económicas que tuvo que a travesar.

Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

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¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo.

Las campanas

Desde que iniciamos con la lista de los poemas de Rosarío de Castro nos hemos topados con textos decadentes, pero al contrario que en el resto de su obra, que muestra una visión normalmente pesimista.

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En esta ocasión nos encontramos ante unos versos de aliento. El impacto de las cosas más simples de la naturaleza es lo que se plasma en esta composición.

Yo las amo, yo las oigo,
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.

Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.

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Y en sus notas, que van prolongándose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.

Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y el cielo!
¡Qué silencio en la iglesia!
¡Qué extrañeza entre los muertos!

Una vez tuve un clavo

La soledad se mantiene presente en la poesía de esta mujer que se enfrenta a arrancarse el clavo que hay en su corazón, sin darse cuenta de que siempre tendrá uno presente que marcó tanto su vida como sus obras.

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Pero… ¿quién pensara?… Después
ya no sentí más tormentos
ni supe qué era dolor;
supe sólo que no sé qué me faltaba en donde el clavo faltó,
y tal vez… tal vez tuve soledades
de aquella pena… ¡Buen Dios!
Este barro mortal que envuelve el espíritu,
¡quién lo entenderá, Señor!…

Poemas de Rosalía de Castro más destacados de su carrera

Rosalía de Castro fue una talentosa mujer dedicada a su familia que destacó como poetisa y novelista, en gallego y castellano.

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Además, como ya lo habíamos mencionado en una oportunidad, está considerada como una de las figuras más importantes de la literatura de su país.

Pero ¿cómo es sus poesía? Pues bien en particular los poemas de Rosalía de Castro denota ansiedad, una inquietud angustiada ante extraños presentimientos que se perciben como propios en el más cercano entorno.

Poemas de Rosalía de Castro más destacados de su carrera

Su dolorosa sensibilidad proyectó un conjunto de magníficas visiones del paisaje gallego en las que una atmósfera de tristeza indefinible figura como protagonista.

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Esa sensibilidad fue la que ilustró su poesía con una concepción de la naturaleza que muestra la realidad, al mismo tiempo que enmarca misterio y cuyos signos más visibles hablan de una vida doliente.

Hora tras hora, día tras día

Esta segunda parte del artículo destinado a las letras maravillosas que componen la poesía de Rosalía de Castro, está cargada de éxitos.

Como lo es este poema que rebela el duro transitar del tiempo y lo inspirador y a veces derrotador que pueden ser los recuerdos.

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Hora tras hora, día tras día,
entre el cielo y la tierra que quedan
eternos vigías,
como torrente que se despeña,
pasa la vida.

Devolvedle a la flor su perfume
después de marchita;
de las ondas que besan la playa
y que una tras otra besándola expiran.
Recoged los rumores, las quejas,
y en planchas de bronce grabad su armonía.

Tiempos que fueron, llantos y risas,
negros tormentos, dulces mentiras,
¡ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
en dónde, alma mía?

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Sed de amores tenía

Sed de amores tenía, y dejaste
que la apagase en tu boca,
¡piadosa samaritana!
Y te encontraste sin honra,
ignorando que hay labios que secan
y que manchan cuanto tocan.

¡Lo ignorabas…, y ahora lo sabes!
Pero yo sé también, pecadora
compasiva, porque a veces
hay compasiones traidoras,
que si el sediento volviese
a implorar misericordia,
su sed de nuevo apagaras,
samaritana piadosa.

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No volverá te lo juro;
desde que una fuente enlodan
con su pico esas aves de paso,
se van a beber a otra.

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros

En obras de muchos escritores emblemáticos, la naturaleza y los elementos de sus procedencia son el principal motor de inspiración.

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Para Rosalía la admiración de la belleza natural en contraposición al paso del tiempo, representa la eternidad del diálogo entre la autora y la naturaleza.

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:

Ahí va la loca soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

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-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de mi vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

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Era apacible el día

Este poema de Rosalía de Castro refleja la profunda tristeza en la que estaba sumergida la autora, y que sin pensar en la critica plasmó en innumerables oportunidades dentro de su poesía.

Era apacible el día
y templado el ambiente
y llovía, llovía,
callada y mansamente;
y mientras silenciosa
lloraba yo y gemía,
mi niño, tierna rosa,
durmiendo se moría.

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca la mía!

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Tierra sobre el cadáver insepulto
antes que empiece a corromperse…, ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
bien pronto en los terrones removidos
verde y pujante crecerá la hierba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
Jamás el que descansa en el sepulcro
ha de tornar a amaros ni a ofenderos.

¡Jamás! ¿Es verdad que todo
para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.

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Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
te espera aún con amorosa afán,
y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
que no morirá jamás,
y que Dios, por que es justo y porque es bueno,
a desunir ya nunca volverá.

En el cielo, en la tierra, en lo insondable
yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.

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Mas… es verdad, ha partido,
para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
de un día en este mundo terrenal,
en donde nace, vive y al fin muere,
cual todo nace, vive y muere acá.

Una luciérnaga entre el musgo brilla
y un astro en las alturas centellea,
abismo arriba, y en el fondo abismo;

¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
En vano el pensamiento
indaga y busca lo insondable, ¡oh, ciencia!
Siempre al llegar al término ignoramos
qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

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Arrodillada ante la tosca imagen,
mi espíritu, abismado en lo infinito,
impía acaso, interrogando al cielo
y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.

¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
con sus ecos responde a mis gemidos
desde la altura, y sin esfuerzo el llano
baña ardiente mi rostro enflaquecido.

¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo
lo puedes ver y comprender, Dios mío!

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¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,
piadoso y compasivo
vuelve a mis ojos la celeste venda
de la fe bienhechora que he perdido,
y no consientas, no, que cruce errante,
huérfano y sin arrimo
acá abajo los yermos de la vida,
más allá las llanadas del vacío.

Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
e impasible el divino
rostro del Redentor, deja que envuelto
en sombras quede el humillado espíritu.
Silencio siempre; únicamente el órgano
con sus acentos místicos
resuena allá de la desierta nave
bajo el arco sombrío.

Todo acabó quizás, menos mi pena,
puñal de doble filo;
todo menos la duda que nos lanza
de un abismo de horror en otro abismo.

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Desierto el mundo, despoblado el cielo,
enferma el alma y en el polvo hundido
el sacro altar en donde
se exhalaron fervientes mis suspiros,
en mil pedazos roto
mi Dios, cayó al abismo,
y al buscarle anhelante, sólo encuentro
la soledad inmensa del vacío.

De improviso los ángeles
desde sus altos nichos
de mármol me miraron tristemente
y una voz dulce resonó en mi oido:

«Pobre alma, espera y llora
a los pies del Altísimo:
mas no olvides que al cielo
nunca ha llegado el insolente grito
de un corazón que de la vil materia
y del barro de Adán formó sus ídolos.»

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Adiós ríos, adiós fuentes

Las despedidas son de las actividades más tristes que experimenta el ser humano, y Rosalía que había sufrido la perdida de su madre y un hijo compuso varios poemas inspirado en esto.

Un ejemplo claro de ello es este poema que mostraremos a continuación.

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Adiós, ríos; adiós, fuentes
adiós, arroyos pequeños;
adiós, vista de mis ojos:
no sé cuando nos veremos.

Tierra mía, tierra mía,
tierra donde me crié,
huertita que quiero tanto,
higueritas que planté,

prados, ríos, arboledas,
pinares que mueve el viento,
pajaritos piadores,
casita de mi contento,

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molino de los castañares,
noches claras de luar (luna llena)
campanitas timbradoras,
de la iglesia del lugar;

moritas de las zarzamoras
que yo le daba a mi amor,
caminitos entre el mijo
¡adiós, para siempre adiós!

¡Adiós gloria! ¡Adiós contento!
¡dejo la casa en que nací,
¡dejo la aldea que conozco,
por un mundo que no vi!

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Dejo amigos por extraños,
dejo, la tierra por el mar,
dejo, en fin, cuanto bien quiero…
¡Quién pudiera no dejarlo!…

Más soy pobre, y ¡mal pecado!
mi tierra no es mía,
que hasta le dan de prestado,
la orilla por donde camina,
al que nació desdichado.

Os tengo, pues, que dejar,
huertita que tanto amé,
hoguerita de mi hogar,
arbolitos que planté,
fuentecita del cabañal.

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Adiós, adiós, que me voy,
hierbecitas del camposanto,
donde mi padre fue enterado,
hierbecitas que besé tanto,
tierra que nos crió.

Adiós, Virgen de la Asunción,
blanca como un serafín;
os llevo en el corazón;
pedidle a Dios por mí,
Virgen mía de la Asunción.

Ya se oyen lejos, muy lejos,
las campanas de O Pomar,
para mi, ¡ay!, pobrecito,
nunca más han de tocar.

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Ya se oyen lejos, más lejos…
cada redoble es un dolor;
me voy solo, sin cariño…
Tierra mía, ¡adiós! ¡adiós!

¡Adiós también, queridita…!
¡Adiós por siempre quizás…!
Te digo este adiós llorando
desde la orillita del mar.

No me olvides, queridita,
si muero de soledad…
tantas leguas mar adentro…
¡Mi casita!, ¡mi hogar!

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Al igual de muchos escritores de poesía, Rosalía de Castro con frecuencia manifestó en su obra el deseo de un reposo definitivo, que fácilmente se puede asociar con la muerte.

En ocasiones, este deseo se convierte en tentación de suicidio, sobre todo cuando se encontraba ante situaciones agobiantes y presentaba problemas de salud.

Paro afortunadamente, Rosalía nunca llegó a volver realidad a cuenta propia sus deseos de muerte, fallece en 1885 debido a un cáncer de útero.

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