+9 Poemas del Duque de Rivas ¡Amor y tragedia!

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¿Qué inspiro al Duque de Rivas? ¿Cuáles son sus mejores poemas? El 10 de marzo de 1791 nació Ángel María de Saavedra.

Más conocido por su título nobiliario Duque de Rivas, poeta y dramaturgo español cuya obra es considerada emblemática del romanticismo hispano.

Duque de Rivas es un personaje indispensable en la literatura española del siglo XIX que destacó por escribir mayormente poesía y teatro.

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Así mismo, dentro de su trabajo poético resaltan los sonetos con un aproximado de 40 escritos.

A pesar de que este escritor español cultivó el drama romántico y la poesía también desempeñó tareas políticas, llegando a ser presidente del gobierno español, que en aquel entonces se llamaba Consejo de Ministros.

Duque de Rivas se caracterizó por mostrar abiertamente sus ideas liberales, luchó contra los franceses en la guerra de independencia y más tarde contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que tuvo que exiliarse a Malta. Estas experiencias sirvieron de inspiración en algunos de sus poemas.

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Entre sus obras poéticas se pueden diferenciar la poesía propiamente dichas y los sonetos, entre los que podemos mencionar “El álamo derribado”, “Mísero leño” y “Ojos divinos”.

Poemas de Duque de Rivas ¡Romanticismo español!

Como ya lo habíamos mencionado, el Duque de Rivas fue uno de los protagonistas del llamado romanticismo de España.

Los principios románticos de fatalidad y rebeldía que este plasmaba en sus obras surgen, como en la tragedia clásica, a causa de expresiones de un sistema social y determinadas por la injusticia del destino, el cual, gobierna los actos de los personajes.

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Además, el momento de transición provocado por seguir sus ideales poco aceptados en su tiempo que le toco vivir, le obligó a participar de dos sensibilidades muy diferentes que tienen su reflejo en obras tan dispares como Don Álvaro, los Romances Históricos y El moro expósito.

Los aportes de este destacado escritor a la literatura y el legado tan magnifico que dejó son excepcionales e inclusos hoy son recordados y admirados por los amantes de los versos.

Es por ello que hemos dedicado un espacio para dar a conocer su estilo único a través de los poemas de Duque de Rivas.

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Poemas de Duque de Rivas ¡Romanticismo español!

A Lucianela

La figura femenina, en la mayoría de los casos, llega para inspirar a los poetas con la magia de sus curvar, su belleza sin igual y muchas veces con sus ingenio y originalidad.

Este poema del Duque de Rivas trata precisamente de lo que acabamos de mencionar, la mujer, una dama que envolvió la mente del escritor e inspiró para componer esta maravillosas letras románticas.

Cuando, al compás del bandolín sonoro
y del crótalo ronco, Lucianela,
bailando la gallarda tarantela,
ostenta de sus gracias el tesoro;

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y, conservando el natural decoro,
gira y su falda con recato vuela,
vale más el listón de su chinela
que del rico Perú las minas de oro.

¡Cómo late tu seno! ¡Cuán gallardo
su talle ondea! ¡Qué celeste llama
lanzan los negros ojos brilladores!

¡Ay! Yo en su fuego me consumo y ardo,
y en alta voz mi labio la proclama
de las gracias deidad, reina de amores.

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La niña descoloría

La figura femenina vuelve aparecer como protagónico en un poema del Duque de Riva, pero esta ves en el cuerpo de una pequeña a la que el autor se refiere en un tono cariñoso.

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!

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Nunca de amapolas
o adelfas ceñida
mostró Citerea
su frente divina.

Téjenle guirnaldas
de jazmín a sus ninfas,
y tiernas violas
Cupido le brinda.

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!

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El sol en su ocaso
presagia desdichas
con rojos celajes
la faz encendida.

El alba en oriente
más plácida brilla;
de cándido nácar
los cielos matiza.

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!

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¡Qué linda se muestra
si a dulces caricias
afable responde
con blanda sonrisa!

Pero muy más bellas
al amor convida
si de amor se duele,
si de amor respira.

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!

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Sus lánguidos ojos
el brillo amortiguan;
retiemblan sus brazos:
su seno palpita;

ni escucha, ni habla,
ni ve, ni respira;
y busca en sus labios
el alma y la vida…

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!

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Letrilla

Este poema del Duque de Rivas es una de composición corta pero que mantiene la esencia de las letras del escritor.

Decidme, zagales,
¿qué fuerza tendrán
los ojos de Lesbia,
que así me hacen mal?

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Desde que los vide
ni sé descansar;
perdí mi reposo,
no puedo parar.

Sin duda que fuego
oculto tendrán,
pues, cuando me miran,
me siento abrasar.

Mas no da este fuego
incomodidad,
sino solamente…
no lo sé explicar.

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Decidme, zagales,
¿qué fuerza tendrán
los ojos de Lesbia,
que así me hacen mal?

Ojos divinos

Esta vez nos topamos con un poema del Duque de Rivas que mantiene viva la corriente a la cual se dedico, el romanticismo. En el son descritos elementos apasionados que parte de los ojos de su amada.

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Dicen que los ojos son las ventanas del alma, pero ¿qué pensaba el Duque de Rivas sobre esto?

Ojos divinos, luz del alma mía,
Por la primera vez os vi enojados;
¡Y antes viera los cielos desplomados,
O abierta ante mis pies la tierra fría!

Tener ¡ay!, compasión de la agonía
En que están mis sentidos sepultados,
Al veros centellantes e indignados
Mirarme, ardiendo con fiereza impía.

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¡Ay!, perdonad si os agravié; perderos
Temí tal vez, y con mi ruego y llanto
Más que obligaros conseguí ofenderos;

Tened, tened piedad de mi quebranto,
Que si tornáis a fulminarme fieros
Me hundiréis en los reinos del espanto.

Receta segura

Este poema del Duque de Rivas es uno de sus escritos más interesantes, describe una guía para el éxito pero escrita de forma ambigua, pues da consejos al mismo tiempo que te indica lo que no debe hacer.

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Se trata de una especie de critica a la mediocridad.

Estudia poco o nada, y la carrera
Acaba de abogado en estudiante,
Vete, imberbe, a Madrid, y, petulante,
Charla sin dique, estafa sin barrera.

Escribe en un periódico cualquiera;
De opiniones extremas sé el Atlante
Y ensaya tu elocuencia relevante
En el café o en junta patriotera.

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Primero concejal, y diputado
Procura luego ser, que se consigue
Tocando con destreza un buen registro;

No tengas fe ninguna, y ponte al lado
Que esperanza mejor de éxito abrigue,
Y pronto te verás primer ministro.

Un buen consejo

Duque de Rivas al igual que muchos escritores se desempeño activamente en la política de su país, así que es entendible que varios de sus escritos estén orientado hacia este ámbito y que en ellos haya plasmado tantos sus ideales como sus perceptivas.

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Con voz aguardentosa parla y grita
Contra todo Gobierno, sea el que fuere.
Llama a todo acreedor que te pidiere,
Servil, carlino, feota, jesuíta.

De un diputado furibundo imita
La frase y ademán. Y si se urdiere
Algún motín, al punto en él te injiere,
Y a incendiar y matar la turba incita.

Lleva bigote luengo, sucio y cano;
Un sablecillo, una levita rota,
Bien de realista, bien de miliciano.

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De nada razonable entiendas jota,
Vivas da ronco al pueblo soberano
Y serás eminente patriota.

Poemas de Duque de Rivas sobre amor y fatalidad

Las historias del Duque de Rivas son propias del Romanticismo y se caracterizaron por el amor y la fatalidad, así como por el poder y la autoridad.

Los elementos históricos y de caballería complementaron su obra, así como el ideal de libertad estuvo siempre presente dentro de sus composiciones.

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Poemas de Duque de Rivas sobre amor y fatalidad

Pero esto no es todo, su obra se caracterizó también porque logró la mezcla perfecta entre la prosa y el verso. Combinó la tragedia con la comicidad y buscó idealizar la belleza.

Esta destacada figura de la literatura española dejó de lado las unidades de tiempo, espacio y acción para concentrarse en el sensacionalismo de las escenas, elementos que le proporcionaron la fama que hoy es recordada.

Al faro de Malta

Este poema del Duque de Rivas con que iniciamos la segunda parte del artículo es una obra nacionalista pero dedicada a Malta.

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El lugar que lo acogió luego de que fuese exiliado por mostrar abiertamente sus ideales.

Envuelve al mundo extenso triste noche;
ronco huracán y borrascosas nubes
confunden, y tinieblas impalpables,
el cielo, el mar, la tierra:

y tú invisible, te alzas, en tu frente
ostentando de fuego una corona,
cual rey del caos, que refleja y arde
con luz de paz y vida.

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En vano, ronco, el mar alza sus montes
y revienta a tus pies, do, rebramante,
creciendo en blanca espuma, esconde y borra
el abrigo del puerto:

tú, con lengua de fuego, «Aquí está.., dices,
sin voz hablando al tímido piloto,
que como a numen bienhechor te adora
y en ti los ojos clava.

Tiende, apacible noche, el manto rico,
que céfiro amoroso desenrolla;
recamado de estrellas y luceros,
por él rueda la luna;

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y entonces tú, de niebla vaporosa
vestido, dejas ver en formas vagas
tu cuerpo colosal, y tu diadema
arde al par de los astros.

Duerme tranquilo el mar; pérfido, esconde
rocas aleves, áridos escollos;
falsos señuelos son; lejanas cumbres
engañan a las naves.

Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca,
tú, cuya inmoble posición indica
el trono de un monarca, eres su norte;
les adviertes su engaño.

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Así de la razón arde la antorcha,
en medio del furor de las pasiones;
o de aleves halagos de fortuna,
a los ojos del alma.

Desque refugio de la airada suerte,
en esta escasa tierra que presides,
y grato albergue, el Cielo bondadoso
me concedió, propicio;

ni una vez sola a mis pesares busco
dulce olvido, del sueño entre los brazos,
sin saludarte, y sin tomar los ojos
a tu espléndida frente.

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¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
al par los tomarán!… Tras larga ausencia,
unos, que vuelven a su patria amada,
a sus hijos y esposa.

Otros, prófugos, pobres, perseguidos,
que asilo buscan, cual busqué, lejano,
y a quienes que lo hallaron tu luz dice,
hospitalaria estrella.

Arde, y sirve de norte a los bajeles
que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
me traen nuevas amargas y renglones
con lágrimas escritos.

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Cuando la vez primera deslumbraste
mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho,
destrozado y hundido en amargura.
palpitó venturoso!

Del Lacio, moribundo, las riberas
huyendo, inhospitables, contrastado
del viento y mar entre ásperos bajíos.
vi tu lumbre divina:

viéronla como yo los marineros,
y, olvidando los votos y plegarias
que en las sordas tinieblas se perdían.
«¡Malta, Malta!». gritaron;

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y fuiste a nuestros ojos aureola
que orna la frente de la santa imagen
en quien busca afanoso peregrino
la salud y el consuelo.

Jamás te olvidaré, jamás… Tan sólo
trocara tu esplendor. sin olvidarlo,
rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
la benéfica llama,

por la llama y los fúlgidos destellos
que lanza. reflejando al sol naciente,
el arcángel dorado que corona
de Córdoba la torre.

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Hola, hidalgos y escuderos…

Este es un poema romántico de la autoría del escritor destacado por componer textos de este tipo.

Este poema del Duque de Rivas se plasma sus ideales y pensamiento más profundos sobre la política y los rangos jerárquicos.

Romance primero

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«Hola, hidalgos y escuderos
De mi alcurnia y mi blasón,
Mirad como bien nacidos
De mi sangre y casa en pro.

»Esas puertas se defiendan;
Que no ha de entrar, vive Dios,
Por ellas, quien no estuviere
Más limpio que lo está el sol.

»No profane mi palacio
Un fementido traidor
Que contra su Rey combate
Y que a su patria vendió.

Más contenido que te encantará
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»Pues si él es de Reyes primo,
Primo de Reyes soy yo;
Y conde de Benavente
Si él es duque de Borbón.

»Llevándole de ventaja
Que nunca jamás manchó
La traición mi noble sangre,
Y haber nacido español.»

Así atronaba la calle
Una ya cascada voz,
Que de un palacio salía
Cuya puerta se cerró;

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Ya a la que estaba a caballo
Sobre un negro pisador,
Siendo en su escudo las lises
Más bien que timbre baldón,

Y de pajes y escuderos
Llevando un tropel en pos
Cubiertos de ricas galas,
El gran duque de Borbón;

El que lidiando en Pavía,
Más que valiente, feroz,
Gozóse en ver prisionero
A su natural señor;

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Y que a Toledo ha venido,
Ufano de su traición,
Para recibir mercedes
Y ver al Emperador.

Romance segundo

En una anchurosa cuadra
Del alcázar de Toledo,
Cuyas paredes adornan
Ricos tapices flamencos,

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Al lado de una gran mesa,
Que cubre de terciopelo
Napolitano tapete
Con borlones de oro y flecos,

Ante un sillón de respaldo
Que entre bordado arabesco
Los timbres de España ostenta
Y el águila del imperio,

De pie estaba Carlos Quinto,
Que en España era primero,
Con gallardo y noble talle,
Con noble y tranquilo aspecto.

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De brocado de oro y blanco
Viste tabardo tudesco,
De rubias martas orlado,
Y desabrochado y suelto,

Dejando ver un justillo
De raso jalde, cubierto
Con primorosos bordados
Y costosos sobrepuestos,

Y la excelsa y noble insignia
Del Toisón de oro, pendiendo
De una preciosa cadena
En la mitad de su pecho.

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Un birrete de velludo
Con un blanco airón, sujeto
Por un joyel de diamantes
Y un antiguo camafeo,

Descubre por ambos lados,
Tanta majestad cubriendo,
Rubio, cual barba y bigote,
Bien atusado el cabello.

Apoyada en la cadera
La potente diestra ha puesto,
Que aprieta dos guantes de ámbar
Y un primoroso mosquero,

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Y con la siniestra halaga
De un mastín muy corpulento,
Blanco y las orejas rubias,
El ancho y carnoso cuello.

Con el Condestable insigne,
Apaciguador del reino,
De los pasados disturbios
Acaso está discurriendo;

O del trato que dispone
Con el Rey de Francia preso,
O de asuntos de Alemania
Agitada por Latero;

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Cuando un tropel de caballos
Oye venir a lo lejos
Y ante el alcázar pararse,
Quedando todo en silencio.

En la antecámara suena
Rumor impensado luego,
Ábrese al fin la mampara
Y entra el de Borbón soberbio,

Con el semblante de azufre
Y con los ojos de fuego,
Bramando de ira y de rabia
Que enfrena mal el respeto;

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Y con balbuciente lengua,
Y con mal borrado cerio,
Acusa al de Benavente,
Un desagravio pidiendo.

Del español Condestable
Latió con orgullo el pecho,
Ufano de la entereza
De su esclarecido deudo.

Y aunque advertido procura
Disimular cual discreto,
A su noble rostro asoman
La aprobación y el contento.

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El Emperador un punto
Quedó indeciso y suspenso,
Sin saber qué responderle
Al francés, de enojo ciego.

Y aunque en su interior se goza
Con el proceder violento
Del conde de Benavente,
De altas esperanzas lleno

Por tener tales vasallos,
De noble lealtad modelos,
Y con los que el ancho mundo
Será a sus glorias estrecho.

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Mucho al de Borbón le debe
Y es fuerza satisfacerlo:
Le ofrece para calmarlo
Un desagravio completo.

Y, llamando a un gentilhombre,
Con el semblante severo
Manda que el de Benavente
Venga a su presencia presto.

Romance tercero

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Sostenido por sus pajes
Desciende de su litera
El conde de Benavente
Del alcázar a la puerta.

Era un viejo respetable,
Cuerpo enjuto, cara seca,
Con dos ojos como chispas,
Cargados de largas cejas,

Y con semblante muy noble,
Mas de gravedad tan seria
Que veneración de lejos
Y miedo causa de cerca.

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Era su traje unas calzas
De púrpura de Valencia,
Y de recamado ante
Un coleto a la leonesa:

De fino lienzo gallego
Los puños y la gorguera,
Unos y otra guarnecidos
Con randas barcelonesas;

Un birretón de velludo
Con un cintillo de perlas,
Y el gabán de paño verde
Con alamares de seda.

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Tan sólo de Calatrava
La insignia española lleva;
Que el Toisón ha despreciado
Por ser orden extranjera.

Con paso tardo, aunque firme,
Sube por las escaleras,
Y al verle, las alabardas
Un golpe dan en la tierra.

Golpe de honor, y de aviso
De que en el alcázar entra
Un Grande, a quien se le debe
Todo honor y reverencia.

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Al llegar a la antesala,
Los pajes que están en ella
Con respeto le saludan
Abriendo las anchas puertas.

Con grave paso entra el conde
Sin que otro aviso preceda,
Salones atravesando
Hasta la cámara regia.

Pensativo está el Monarca,
Discurriendo cómo pueda
Componer aquel disturbio
Sin hacer a nadie ofensa.

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Mucho al de Borbón le debe ,
Aun mucho más de él espera,
Y al de Benavente mucho
Considerar le interesa.

Dilación no admite el caso,
No hay quien dar consejo pueda
Y Villalar y Pavía
A un tiempo se le recuerdan.

En el sillón asentado
Y el codo sobre la mesa,
Al personaje recibe,
Que comedido se acerca.

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Grave el conde le saluda
Con una rodilla en tierra,
Mas como Grande del reino
Sin descubrir la cabeza.

El Emperador benigno
Que alce del suelo le ordena,
Y la plática difícil
Con sagacidad empieza.

Y entre severo y afable
Al cabo le manifiesta
Que es el que a Borbón aloje
Voluntad suya resuelta.

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Con respeto muy profundo,
Pero con la voz entera,
Respóndele Benavente,
Destocando la cabeza:

«Soy, señor, vuestro vasallo,
Vos sois mi rey en la tierra,
A vos ordenar os cumple
De mi vida y de mi hacienda.

»Vuestro soy, vuestra mi casa,
De mí disponed y de ella,
Pero no toquéis mi honra
Y respetad mi conciencia.

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»Mi casa Borbón ocupe
Puesto que es voluntad vuestra,
Contamine sus paredes,
Sus blasones envilezca;

»Que a mí me sobra en Toledo
Donde vivir, sin que tenga
Que rozarme con traidores,
Cuyo solo aliento infesta.

»Y en cuanto él deje mi casa,
Antes de tornar yo a ella,
Purificaré con fuego
Sus paredes y sus puertas.»

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Dijo el conde, la real mano
Besó, cubrió su cabeza,
Y retiróse bajando
A do estaba su litera.

Y a casa de un su pariente
Mandó que lo condujeran,
Abandonando la suya
Con cuanto dentro se encierra.

Quedó absorto Carlos Quinto
De ver tan noble firmeza,
Estimando la de España
Más que la imperial diadema.

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Romance cuarto

Muy pocos días el duque
Hizo mansión en Toledo,
Del noble conde ocupando
Los honrados aposentos.

Y la noche en que el palacio
Dejó vacío, partiendo,
Con su séquito y sus pajes,
Orgulloso y satisfecho,

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Turbó la apacible luna
Un vapor blanco y espeso
Que de las altas techumbres
Se iba elevando y creciendo:

A poco rato tornóse
En humo confuso y denso
Que en nubarrones oscuros
Ofuscaba el claro cielo;

Después en ardientes chispas,
Y en un resplandor horrendo
Que iluminaba los valles
Dando en el Tajo reflejos,

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Y al fin su furor mostrando
En embravecido incendio
Que devoraba altas torres
Y derrumbaba altos techos.

Resonaron las campanas,
Conmovióse todo el pueblo,
De Benavente el palacio
Presa de las llamas viendo.

El Emperador confuso
Corre a procurar remedio,
En atajar tanto daño
Mostrando tenaz empeño.

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En vano todo: tragóse
Tantas riquezas el fuego,
A la lealtad castellana
Levantando un monumento.

Aun hoy unos viejos muros
Del humo y las llamas negros
Recuerdan acción tan grande
En la famosa Toledo.

Con once heridas mortales

Este último poema del Duque de Rivas que hoy te presentamos relata un cuento romántico que plasma el típico cuento medieval, con caballeros y damiselas.

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Pero el escritor le agrega un tono diferente para lograr enviar el mensaje efectivamente al lector, pero siempre manteniendo la originalidad.

Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,

manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,

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casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.

Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.

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Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.

Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; «Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.

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Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.

Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.

Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma».

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El Ángel María Saavedra nació en el seno de una familia acomodada, pero fue el segundo hijo de dos hermanos, lo que le impedía ser el heredero de los títulos y propiedades.

Sin embargo la suerte cambio de la noche a la mañana. En 1834 murió su hermano, él recibió título de duque y heredó todo el patrimonio familiar.

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Siguió haciendo vida política y desarrollando sus obras literarias, hasta el día de su deceso, el 22 de junio de 1865 cuando aun tenía 74 años de edad.

Su obra aún se lee en la mayoría de los colegios e incluso algunos de sus dramas continúan siendo representados.

En Escribirte nos ambiciona conocer tus opiniones, y por tal motivo te invitamos a dejar un comentario.

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