+7 Fábulas de princesas (Inspiradoras para niñas y niños)

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Mejores fabulas sobre princesas. Entretenidas, cortas y largas con moralejas para niños. Las princesas son y serán, los personajes animados favoritos de las más pequeñas de la casa.

Toda niña desea ser una princesa, es por esto, que esas mágicas, románticas y divertidas historias son el escenario perfecto para inyectar grandes lecciones y moralejas.

Es por esto, que las fábulas de princesas suelen presentar un relato alucinante y fantasioso, donde las más pequeñas conocerán valores, y reconocerán como hacer el bien. Poder inculcar a las más pequeñas valores y amor por el prójimo, es crucial para su buen crecimiento

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+7 Hermosas fabulas de Princesas (Cortas y Largas)

Las fábulas de princesas suelen ser un tanto extensas, pero poseen un lenguaje sencillo. A continuación te presentamos las mejores siete fábulas de princesas.

Princesa Acafala

Esta fábula de princesas narra la historia de la princesa Acafala, una señorita hermosa de piel morena, con el cabello negro como el azabache, y muy inteligente.

Era muy hermosa la princesa, es por esto que era extremadamente vanidosa, tanto así que competía con el sol, la luna y las estrellas.

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Sus padres querían casarla, y le presentaron muchos pretendientes, pero no podía amar a ninguno, tanto como se amaba ella misma. ¿Cómo sigue la historia?

Cuenta la leyenda que una vez nació una princesa tan hermosa como las estrellas. Y según crecía, aumentaba su belleza. Era morena, su pelo era negro como el azabache y su piel morena y suave como el terciopelo. Todos la adoraban, porque además era inteligente y muy elegante. La princesa, que se llamaba Acafala, causaba admiración y todos caían rendidos ante su belleza.

Sin embargo, la princesa Acafala tenía un defecto: se creía tan y tan hermosa, que competía incluso con la luna, el sol y el arcoíris. Caminaba por la playa retando al mar:

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– ¿Acaso no ves que soy más hermosa que tú?- le decía.

Sus padres le presentaron sin éxito decenas de pretendientes. La princesa Acafala les rechazaba a todos, porque no podía sentir por ninguno más amor del que sentía por sí misma. ¡Se quería demasiado!

Sus padres, un día, le dijeron que debía escoger marido, que existían muchísimas personas con muchos dones y valores. Pero ella, llena de vanidad y soberbia, se escapó, y fue hasta la playa.

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– ¡Miradme, estrellas! ¡Miradme bien! – le gritó al cielo-  ¿No soy hermosa? ¿Por qué se empeñan mis padres en casarme con nadie? ¡Nadie podrá superar nunca mi belleza! ¡Yo solo quiero que me admiren, nada más!

Las estrellas, al oír aquello, y sorprendidas ante tanta vanidad, decidieron darle una lección, y la transformaron en estrella, pero no en una como ellas, sino en una estrella que tendría que vivir para siempre en el fondo del mar, en medio de una profunda oscuridad y lejos de todos.

Y así fue cómo nació la primera estrella de mar, una estrella hermosa, de lindos colores, pero alejada de todas las miradas y solitaria, muy solitaria.

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Moraleja de la princesa Acafala: la vanidad no es buena, siempre trae consecuencias no deseadas.

La princesa de fuego

Esta fábula de princesas cuenta la historia de un princesa hermosa, bella y sumamente adinerada. Pero que estaba harta de conseguir pretendientes que solo estuvieran detrás de su fortuna.

Es así como realizo un decreto donde decía, que aquel hombre que le diera el regalo más valioso sería su esposo. Entonces llegaron muchos regalos al palacio, pero el más llamativo fue una roca. ¿Quién el regalo una roca a la princesa?

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Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez.

El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:

– Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Solo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.

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El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos.

Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.

Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa, salían encantados por su carácter y cercanía, y su sola presencia transmitía tal calor humano y pasión por cuanto hacía, así que comenzaron a llamarla cariñosamente ‘La princesa de fuego’.

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Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días

Moraleja de la princesa de fuego: el amor propio puede ser más importante que encontrarlo en terceros.

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La Cenicienta

La siguiente fábula de princesas cuenta la historia de una joven hermosa que tenía que vivir con su madrastra y sus hijas.

Ellas la trataban mal, la humillaban y le colocaban todo el trabajo de la casa. Esta pobre joven cocinaba, lavaba, las atendía y tenía la casa como una tasita de te.

Sin embargo, no se le permitía salir, tener amigos o algo por el estilo. Hasta que, se convoco a un baile real en el palacio, y ella deseaba ir, pero su madrastra no la dejo. ¿Creen que pudo ir al baile?

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Había una vez una bella joven que, después de quedarse huérfana de padre y madre, tuvo que vivir con su madrastra y las dos hijas que tenía ésta.

Las tres mujeres eran tan malas y tan egoístas que se quedaban cada día mas feas. La bella joven era explotada por ellas. Era ella quien hacía todo el trabajo más duro de la casa. Además de cocinar, fregar, etc, ella también tenía que cortar leña y encender la chimenea

Así sus vestidos estaban siempre manchados de ceniza, por lo que todos la llamaban Cenicienta. Un día se oía por todas partes de la ciudad que el príncipe de aquel país había regresado.

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El rey, muy contento, iba a dar una gran fiesta a la que iba a invitar a todas las jóvenes del reino, con la esperanza de que el príncipe encontrara en una de ellas, la esposa que deseaba.

En la casa de Cenicienta, sus hermanastras empezaban a prepararse para la gran fiesta. Y decían a Cenicienta:

– Tú, no irás. Te quedarás limpiando la casa y preparando la cena para cuando volvamos.

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El día del baile había llegado. Cenicienta vio partir a sus hermanastras al Palacio Real y se puso a llorar porque se sentía muy triste y sola. Pero, de pronto, se le apareció un Hada que le dijo:

– Querida niña, sécate tus lágrimas porque tú también irás al baile.

Y le dijo Cenicienta:

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– Pero, ¿cómo?, si no tengo vestido ni zapatos, ni carruaje para llevarme?

Y el hada, con su varita mágica, transformó una calabaza en carruaje, unos ratoncillos en preciosos caballos, y a Cenicienta en una maravillosa joven que mas se parecía a una princesa.

Y le avisó:

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– Tú irás al baile, pero con una condición: cuando el reloj del Palacio dé las doce campanadas, tendrás que volver enseguida porque el hechizo se acabará.

Hermosa y feliz, Cenicienta llegó al Palacio. Y cuando entró al salón de baile, todos se pararon para mirarla. El príncipe se quedó enamorado de su belleza y bailó con ella toda la noche.

Pero, al cabo de algunas horas, el reloj del Palacio empezó a sonar y Cenicienta se despidió del príncipe, cruzó el salón, bajó la escalinata y entró en el carruaje en dirección a su casa.

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Con las prisas, ella perdió uno de sus zapatos de cristal que el príncipe recogió sin entender nada.

Al día siguiente, el príncipe ordenó a los guardias que encontraran a la señorita que pudiera calzar el zapato. Los guardias recorrieron todo el reino.

Todas las doncellas se probaron el zapato pero a nadie le sirvió. Al fin llegaron a la casa de Cenicienta. Y cuando ésta se lo puso todos vieron que le estaba perfecto.

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Y fue así cómo Cenicienta volvió a encontrarse con el príncipe, se casaron, y vivieron muy felices.

Moraleja de la Cenicienta: tus sueños se pueden volver realidad si eres buena persona, te esfuerzas, y te rodeas de grandes amigos.

La princesa Henar no tiene disfraz de Carnaval

Esta fábula de princesas narra la historia de Henar una princesa que tenía de todo, desde un peine de oro hasta un espejo parlanchín. Esta pequeña princesa lo tenía todo, pero no encontraba un disfraz para carnaval.

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Tan solo faltaban 10 días, y a la pequeña no le gustaba nada. Es así, como reúnen al consejo de las hadas para que hagan propuesta de disfraces, a ver cual le gusta a la princesa. ¿Creen que encontraron el disfraz perfecto?

La princesa Henar vivía en un bonito castillo. Tenía hermosos vestidos, un peine de oro, cientos de juguetes y hasta un espejo parlanchín.

La princesa Henar tenía de todo: un perro dócil y juguetón, un gato travieso, un pájaro celeste que cantaba con los primeros rayos del sol.

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La princesa Henar tenía diez sirvientes, una institutriz y veinte lacayos. Pero la princesa estaba triste. Solo faltaban diez días para Carnaval y la princesa Henar no encontraba disfraz.

Ni sus vestidos de hada. Ni sus trajes de hilo de plata. Ni sus coronas, máscaras, collares ni siquiera sus zapatos de raso. Nada le gustaba. Así que Henar, la princesita triste que todo lo tenía, no tenía disfraz de Carnaval.

La niña lloraba y lloraba y su madre, la reina, decidió llamar con carácter urgente a todas las hadas del reino.

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A la Convención de hadas llegaron decenas y decenas de hadas de todos los rincones. Caracola propuso un disfraz de hada del mar. Rayito del alba, uno de emperatriz del sol. Pero la princesita Henar seguía triste y no paraba de llorar. Hasta que un hada, muy pero que muy pequeña, tan pequeña como una canica, se acercó sigilosa hasta ella.

Como el hada Brisa era tan diminuta, nadie se dio cuenta. La princesa Henar sí. El hada Brisa sacó unas pinturas de su bolsillo y se las dio a la niña.

– Tú misma crearás tu disfraz – le dijo con voz muy suave.

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La princesa Henar saltó de su trono, con los ojitos llenitos de luz. Por primera vez, dejó de llorar, y todas las hadas dejaron de hablar.

La princesa Henar cogió un papel en blanco y empezó a dibujar: un pez arcoíris, un barquito de latón, una flor dragón. Todo, según lo pintaba, cobraba vida y se hacía realidad. Sus pinturas mágicas comenzaron a soñar: una estrella con pecas de corazón, una jirafa turquesa, un elefante con rayas y al fin, su disfraz. Un simple vestido, como los que llevaban las demás niñas con las que apenas podía jugar: todas esas niñas que soñaban con ser princesas y a las que ella quería imitar.

El disfraz de la princesa Henar era la mar de sencillo: una pequeña faldita de vuelo y unas medias de vivos colores. Pero a ella le parecía el mejor disfraz. Y entonces la niña comenzó a reír y a reír sin parar. La princesa Henar por fin tenía disfraz de Carnaval. Sin lujos, ni joyas. Ni grandes diseños. Solo sus sueños rematados con los hilos de su imaginación.

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Moraleja de la princesa Henar no tiene disfraz de Carnaval: las fiestas populares no son para hacer un desfile de lujo y clase, es para divertirse y compartir con los demás niños.

Sonatina

La siguiente fábula de princesa cuenta la historia de una princesa que estaba triste. Nadie sabía que le sucedía a la princesa, y su llanto se escuchaba por todo el palacio. Sus ropas finas no la hacían sonreír, sus joyas tampoco.

Salir a su enorme jardín no la ayuda, por el contrario, se colocaba más triste. Nadie sabía que tenía, es por esto que llaman a su hada madrina, para averiguar que tenía la pequeña princesa. ¿Qué creen que le pasaba a la princesa?

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La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.

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La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?

¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

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¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

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¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

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Moraleja de la Sonatina: los lujos y comodidades no dan la felicidad, solo el amor propio y hacia los demás puede cambiar el estado de ánimo.

La princesa y el guisante

Esta fábula de princesa narra la historia de una joven que llego en medio de la noche al palacio real. Aquella noche era fría y había una tormenta terrible. La joven desconocida llego toda mojada, sin lujos ni carruaje que la acompañara.

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Ella dijo que era una princesa, pero los reyes no creían eso. Así que, le pusieron una prueba, la reina se encargo de buscar 21 colchones y debajo del primero coloco un guisante. Si era una princesa de verdad sentiría el guisante. ¿Creen que si era una princesa?

Una noche, poco después de su regreso, hubo una tormenta terrible. El príncipe se había ido a dormir, mientras el rey y la reina leían en la planta baja. El viejo rey sintió un escalofrío y acercó su silla al fuego.

-Me alegro de estar aquí bien abrigado. Sentiría mucho que alguno de mis subditos se encontrara en la calle con este tiempo.

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No había terminado de decir esto cuando se oyó un golpe en la puerta, y luego otro más fuerte. El rey se apresuró hacia la entrada. Quitó todos los cerrojos y abrió. Una ráfaga de viento llenó el vestíbulo de aguanieve, mientras un relámpago iluminaba la estancia.

—¡Brrr! -dijo el rey temblando de frío-. ¡Dios mío! ¿Quién eres tú? ¡Oh, pobre niña!

Allí, en la puerta, en medio de la tormenta, se encontraba una hermosa joven. Su vestido estaba empapado y sus zapatos cubiertos de barro. Sus cabellos largos y dorados chorreaban agua sobre sus hombros.

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-Soy una princesa -respondió la desconocida.

-Sí, sí, pequeña, por supuesto que lo eres -sonrió el rey-. Bueno, pero será mejor que entres; aunque jamás he visto una princesa llegar sin un gran carruaje.

‘Ni yo’, pensó la reina. ‘Pronto averiguaré si es «una princesa de verdad o no.’

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Así que, mientras la joven se calentaba junto al fuego disfrutando de una buena cena, la reina y sus doncellas se pusieron a trabajar en los dormitorios. Primero quitaron toda la ropa de la cama de una de las habitaciones para huéspedes. Luego, la reina colocó un guisante seco debajo del colchón. Vaciaron todos los armarios de palacio hasta que reunieron otros veinte colchones, y uno sobre otro los colocaron encima del guisante.

Había colchones de todos los colores del arco iris, de todas las formas y tamaños, y cualquiera de ellos era suficientemente grueso como para que una persona normal pudiera dormir sobre él con absoluta comodidad. Podéis imaginar qué espectáculo más extraño.

-Te he preparado una cama -dijo a la encantadora joven- Estoy segura de que pasarás una buena noche.

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La niña subió a los aposentos, se puso un camisón y tuvo que usar una escalera para trepar a su cama. Durante la noche cesó la tormenta. A la mañana siguiente, cuando la bella huésped bajó a desayunar, la reina sonrió para sus adentros.

-¿Cómo ha dormido mi querida princesa?, le preguntó mientras la joven se sentaba a la mesa.

-Lamento deciros que no he dormido nada bien -respondió la desconocida- Siento parecer descortés, pero es que aun con todos esos colchones me sentía muy incómoda.

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-Es imposible -dijo el rey- ¡Te dimos la mejor cama de todo el palacio!

-Bueno, pues me sentía como si estuviera acostada sobre un guijarro. Y esta mañana he amanecido toda amoratada

-¡Entonces eres una princesa de verdad! -exclamó-. Sólo una persona de sangre real puede tener una piel tan delicada y sensible. Sólo una auténtica princesa puede sentir la molestia de un guisante, colocado debajo de veintiún colchones.

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Eso fue también lo que pensó el príncipe. Cuando bajó a desayunar, apenas miró a la hermosa joven supo inmediatamente que ella era la esposa con la que él había soñado. No necesitó presentación. No necesitó guisante ni colchones como prueba. Su corazón le había dicho desde el primer momento que había encontrado a su princesa.

Moraleja de la princesa y el guisante: nunca juzgues a las personas por su mala apariencia, pueden darte una gran sorpresa.

La princesa enfadada

Esta fábula de princesa narra la historia de Isabel una joven princesa que vivía todo el tiempo enfadada.

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Le gustaba mandar, dar órdenes y que todo se hiciera conforme a su voluntad. Sin embargo, no conseguía ser feliz, es así como una hada la visita, y la princesa le ordena que le de amigos.

Por la mala actitud de Isabel, el hada se fue. Pero la princesa se disculpo con el hada, y  esta regreso. El hada le dijo que para tener amigos, debía sonreír primero, entonces la envió a un campo lleno de vacas. ¿Qué paso luego?

Se llamaba Isabel y todos decían que tenía nombre de reina. Y aquello no era tan raro, porque Isabel algún día sería reina, que para eso era una princesa y vivía en un palacio y tenía sirvientes a los que daba órdenes sin parar, vestidos con piedras preciosas de los que se cansaba enseguida y todas esas cosas lujosas que tienen las princesas de cuentos. Isabel también tenía un dragón tan torpe, que siempre tenía que castigarle en un rincón y un padre al que le gustaba llevarle la contraria.

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Pero Isabel, con su nombre de reina y todos sus lujos, no sonreía mucho ni se sentía muy feliz. Se pasaba el día enfadada porque no tenía amigos, pero no tenía amigos porque se pasaba todo el día enfadada. Así que un día, decidió llamar a su hada para que le cumpliera su deseo…

– ¡Ya era hora de que aparecieras! Venga… rápido… ¡cumple mis deseos: quiero tener amigos!

El hada, a la que no le gustaba nada que le hablaran de malos modos, exclamó con su voz de pito:

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– Un poco de amabilidad, señorita. Con esos modales nunca tendrás un amigo. A los amigos se les habla con cariño, se les pide las cosas por favor. ¡Me marcho! Ya veo que no me necesitas… 

Y el hada desapareció. Isabel se enfadó, gritó, lloró de rabia y finalmente, muy bajito, pidió por favor, por favor, por favor, que el hada volviera. Y como lo había pedido por favor, el hada regresó.

– Antes de conocer mundo y de tener amigos, debes aprender a sonreír. ¡No se puede estar enfadada todo el día, querida princesa!

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Y al decirlo, tocó a la princesa con su varita mágica. Un segundo después, Isabel estaba rodeada de barro junto a una casa que olía peor que la torre en la que tenía encerrado a su dragón.

– ¿Por qué me habrá traído esta hada aquí? ¡¡Qué asco!! Si aquí solo hay animales. Así cómo voy a tener amigos, ¡cómo no voy a enfadarme todo el rato!

Isabel continuó caminando muy enfadada entre todas aquellas vacas que mugían y aquellas gallinas que la seguían a todas partes. Hasta que se encontró a un niño roncando en una silla junto a un perro pastor. Pero además de roncar, aquel niño tenía la sonrisa más grande y más bonita que había visto nunca.  

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Isabel esperó a que el muchacho se despertara. Quizá, pensó, él puede ser mi amigo. Pero la paciencia de Isabel era tan pequeña como su sonrisa, así que no habían pasado ni dos minutos cuando empezó a molestarle el ronquido del niño, la sonrisa enorme en la boca y sobre todo… ¡que no se despertara para ella!

– Pero bueeeeeeeno… ¡ya está bien! ¡¡Deja de roncar!! – dijo Isabel mientras le zarandeaba muy enfadada. 

El niño se despertó un poco despistado, pero sin dejar de sonreír.

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– ¡Qué sorpresa más agradable! ¡Una niña con la que jugar! Aunque una niña un poco enfadada…

– ¡¡Yo no estoy enfadada!! – exclamó muy enfadada Isabel.

El niño no pareció inmutarse con los gritos de Isabel, al contrario, estaba muy contento de tener compañía aunque fuera la compañía de aquella princesa enfadada.   

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– ¿Te apetece comer un bocadillo? Tengo dos. Uno es de chorizo y otro de queso.

Aquel niño era tan amable y su sonrisa era tan bonita, que a Isabel se le quitó el enfado en un periquete. Juntos se comieron el bocadillo y juntos comenzaron a jugar con los animales.  

El niño, que sonreía siempre, le contó que se llamaba Miguel y que vivía solo en aquella granja, pero que no se sentía solo porque todos aquellos animales eran sus amigos. Isabel, a su vez, le contó que en su palacio tenía caballos con alas y hasta un dragón pero que no tenía ni un solo amigo.

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– ¿Y por qué no te haces amigos de los animales? Ellos son buenos, te respetan siempre y nunca te abandonan.

– Pues los míos son holgazanes y aburridos. Siempre me enfado con ellos porque no hacen lo que quiero.

– A lo mejor no hacen lo que quieres porque no se lo pides por favor y te pasas el día enfadada…

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– ¡¡Yo no me paso el día enfadada!! – exclamó muy enfadada Isabel y se marchó a un rincón de la granja con cara de pasa arrugada.

Miguel siguió jugando con los animales sin parar de sonreír. Parecía tan feliz y su sonrisa era tan bonita, que a Isabel se le pasó el enfado. ¿Cómo conseguiría Miguel no estar nunca enfadado?

– Es fácil. Cuando me levanto por la mañana lo primero que hago es sonreírle al espejo. Y con esa sonrisa me voy a todas partes. Sonrío a los perros, a mi vaca, a las gallinas… ¡sonrío hasta a las princesas enfadadas como tú! Y de tanto sonreír, la alegría se me mete dentro y todo me parece mucho mejor y ya no encuentro motivos para enfadarme. Prueba a hacerlo.

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Isabel pensó que aquel plan era de lo más absurdo. Pero como no tenía nada que perder comenzó a sonreír. Estaba tan poco acostumbrada que hasta los músculos de la cara le dolían.

– ¡Esto es incomodísimo!

– ¡Qué va! Es solo hasta que te acostumbres…

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Y era cierto. Después de un rato jugando con los animales y sin parar de sonreír, Isabel se dio cuenta de que ya no le dolía la cara al hacerlo y que además ya no tenía ganas de enfadarse. Isabel y Miguel se pasaron toda la tarde jugando con los animales y sin parar de sonreír.

– Gracias. Gracias por enseñarme a no estar enfadada siempre.

– De nada, Isabel. Para eso estamos los amigos…

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En ese momento, apareció el hada de nuevo.

– Muy bien Isabel, ¡has conseguido olvidar tu enfado y sonreír! Ahora si quieres puedo cumplir tu deseo. ¿Quieres ir a la ciudad?

Pero Isabel ya no quería volver a la ciudad. Quería ver a su dragón y ser amable con él. Quería montar en sus caballos y divertirse con ellos. Quería descubrir cómo era su palacio sin estar enfadada. También quería jugar con Miguel todas las tardes.

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Y como Isabel le pidió todas aquellas cosas al hada, por favor, por favor, por favor y con una enorme sonrisa en la cara… ¡el hada las cumplió todas!

Moraleja de la princesa enfadada: las cosas no pueden ser como deseas, debes ser bueno, paciente y amable para que los demás te tratan como tal

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